El deseo de este libro, Futuro porvenir. Ensayos sobre la actitud psicoanalítica en la clínica de la niñez y adolescencia,  es el porvenir del psicoanálisis. Un porvenir abierto –no un futuro previsible y rutinario- depende de que el psicoanálisis sea otro, del advenimiento de otro psicoanálisis. En este texto se podrán atisbar figuras de ese otro. Lo cual exige y presupone una relación diferente con la tradición, especialmente la tradición teórica del psicoanálisis. El psicoanálisis está seriamentebloqueado por llegar al siglo XXI con artefactos del siglo XIX que ya empezaban su vetustez en los primeros años del siglo XX. Prácticamente todos los desarrollos de la segunda mitad del siglo pasado no alcanzan a liberarse del todo de esa artefactualidad anacrónica. El “edificio teórico” debe ser sometido a una paciente y cuidadosa reconstrucción. Se propone una demarcación atenta y permanente del motivo de la teoría como edificio para dejar al psicoanálisis “sin base”, no por descartar apresuradamente una serie de conceptos, sino por dialogar con ellos sin seguirlos considerando como “base”; privar, vale decir librar, al psicoanálisis de la referencia a una base inamovible y ahistórica que tendría que tener.

El deseo de este libro es el porvenir del psicoanálisis. Por eso mismo es un libro severo con el psicoanálisis. La severidad es en muchas ocasiones el sello del amigo, en este caso “el amigo del psicoanálisis”, según la caracterización hecha por Jacques Derrida. Y eso porque la convicción que genera y atraviesa la escritura de este libro es la de que un porvenir abierto del psicoanálisis -no un futuro previsible y rutinario- depende de que el psicoanálisis sea otro, del advenimiento de otro psicoanálisis. En la mayoría de los capítulos que siguen el lector atento podrá sin dificultad entrever, atisbar, figuras de ese otro. Lo cual exige y presupone una relación diferente con la tradición, especialmente con la tradición teórica del psicoanálisis; también un balance que no vacile cuando hay que dar por terminado en lo que hay que dar por terminado, que no es tampoco algo así como “toda” esa tradición. Ni mucho menos. Pero para ser concretos, no se puede menos que decir que el psicoanálisis está seriamente bloqueado por llegar al siglo XXI con artefactos del siglo XIX que ya empezaban su vetustez en los primeros años del siglo XX. Prácticamente todos los desarrollos, tan notables como muchos de ellos son, de la segunda mitad del siglo pasado no alcanzan a liberarse del todo de esa artefactualidad anacrónica. El ejemplo más obvio de este efecto de inercia -y de lo que lleva a confundir herencia con inercia confusión peligrosísima- es el concepto de pulsión o instinto y el lugar que se le hace ocupar en el sistema teórico; noción singularmente improductiva, anticientífica, innecesaria, imposible de operacionalizar, y que sin embargo siguen invocando, invocando así un poder explicativo que no existe, los mismos que no titubean en elogiar a Bowlby o a Winnicott, o que se dignan interesarse en ser o en Bleger. Escisiones, que le dicen; prácticas de renegación viciosas.

Más allá de este caso concreto -no ciertamente el único, nos hemos detenido en otro lugar en el motivo de lo edípico y sus problemas- tropezamos con un obstáculo más global: el que cuestiona ciertas creencias consagradas como referencias inmutables del psicoanálisis a menudo encuentra le sale al paso un interlocutor alarmado por el peligro de derrumbe que correría el “edificio teórico” del psicoanálisis de atenderse a sus proposiciones. Es este motivo del “edificio teórico” el que debe ser sometido a una paciente y cuidadosa deconstrucción: la teoría como edificio, con sus cimientos inamovibles, lo que solo daría lugar a cambios cosméticos o a reestructuraciones mucho más decisivas pero que no comprometerían la sólida inmovilidad de los cimientos que, por eso mismo, formatean el conjunto limitando inapelablemente el hasta donde este puede ser modificado. Este motivo es un efecto de figuración del más abstracto y metafísico del fundamento, de la fundación, que ha dado origen a tantas discusiones y deliberaciones respecto a cuales serían los “conceptos fundamentales” del psicoanálisis, desde Freud en adelante. Como los autores del siglo XIX en el caso de los instintos, cada uno puede tener la lista que más le conviene. Lo que aquí proponemos es un giro muy diverso: una desmarcación atenta y permanente del motivo de la teoría como edificio, dejar por eso al psicoanálisis “sin base”, no por descartar apresuradamente una serie de conceptos sino por dialogar con ellos sin seguirlos considerando como “base”; privar, vale decir librar, al psicoanálisis de la referencia a una base inamovible y ahistórica que tendría que tener. Operación que no ha dejado de practicarse en otras disciplinas, desde las matemáticas hasta la física y la biología, pero a la que el psicoanalista se resiste aunque eso fuera costarle la vida al psicoanálisis. Lo que llamamos vagamente la teoría funciona mejor con la ayuda de metáforas menos arquitectónicas, más móviles, sean las del injerto que no se deja comprender bajo la figura de la raíz, o las de la variación sin tema preestablecido, del desarrollo que no desarrolla un tema preexistente, típicas de la música contemporánea y no sin antecedentes en Mozart, Beethoven, Liszt. Una teoría desprendida de la atadura del cimiento tiene otra capacidad, como si dijéramos “biológica”, para mantenerse plenamente viviente y vívida. Por eso mismo, siempre me he cuidado de no colocar el jugar en el sitio de siempre, en el sitio de un nuevo fundamento. No es el propósito de mi obra en general ni de este libro en particular cambiarle el collar al perro.
Más allá aún, lo que algunos consideran una “crisis” del psicoanálisis o un psicoanálisis en larga crisis (una idea por lo demás muy argentina) puede dejarse pensar como una falta de proyecto, o una resignación que haría que el único proyecto fuera hacer del psicoanálisis su propio museo. El edificio de un museo. Examen histórico: en toda su larga emergencia el psicoanálisis se motorizó en un proyecto bidireccional, proyecto totalmente explícito y asumido sin titubeo alguno por Sigmund Freud, legible como tal sin necesidad de “lecturas” o “retornos”: una de estas direcciones implica un doble movimiento del pensar que a la vez esclarece y saca la sexualidad humana de su sojuzgamiento por una represión tanto social como internalizada; la segunda dirección se propone extender las fronteras de la racionalidad científica en la mejor tradición del Iluminismo y del positivismo posterior, ocupando y colonizando -las metáforas de Freud al respecto son terminantes- zonas vírgenes o salvajes, en este caso del psiquismo humano. Tal el doble proyecto. Estamos hoy en condiciones de comprobar que el primero se cumplió acabadamente, aunque no solo por medio del psicoanálisis; nadie puede honestamente negarle a éste su muy intenso compromiso para que la represión (tanto en el sentido psicoanalítico como en el más vulgar) no rigiese las relaciones con la sexualidad, comprimida por esto mismo a manifestarse genital y heterosexual como sus dos únicos rasgos legitimables de normalidad. El segundo se cumplió parcialmente, en la medida en que la caída, por más parcial que fuere, de los ideales iluministas y positivistas alteró, con independencia del psicoanálisis, el peso significante del motivo metafísico de la Razón. El psicoanálisis tuvo que adaptarse como pudo a este cambio histórico. Pero lo cierto es que, incluso por su mismo éxito, se ha quedado sin proyecto, sin un proyecto que tenga vigencia actual. Aquellos ya fueron, por más que en lo individual de un tratamiento podamos volver a encontrar casos anacrónicos. Y sin proyecto, como ya lo enseña la propia experiencia de vida o se pierde todo rumbo o se envejece irremediablemente envuelto en sentimientos nostálgicos.
En una fecha tan doblemente simbólica como el año 2000 y las proximidades del 14 de julio en París, Jacques Derrida le propuso al psicoanálisis un nuevo proyecto , proyecto en el que de hecho la práctica del psicoanalista no ha dejado de meterse o de que la metan en él el arrastre de las circunstancias: consagrarse ahora a las problemáticas de la violencia, de la dominación y de la soberanía del Padre (lo que Derrida llama invitación a un parregicidio); en todos los órdenes de nuestra existencia su hegemonía hace brutal resistencia a lo que también está sucediendo, lentamente: un ascenso de la diferencia, de una diferencia que no se limite a ser pensada de una manera fálica clasificando en ella jerarquías, distintos valores de dominación, o encerrándola en oposiciones del tipo de la de “desarrollado/subdesarrollado” o tantas otras que pueblan nuestra vida. Es una esperanza que este lento, a veces pareciera imperceptible, ascenso siga emergiendo, incrementando nuestra capacidad para gozar la diferencia en lugar de rápidamente reducirla y pretender manejarla. Todo un nuevo proyecto, que hoy en nuestro campo puede notarse en ese desplazamiento que obliga al psicoanalista a tratar con la violencia familiar y con el abuso sexual, prácticas antes encubiertas por el eufemismo de la “seducción” y la centralidad del complejo de Edipo como atributo nuclear de la psique individual. Los que además trabajamos con niños y con adolescentes estamos en una situación privilegiada -muchas veces tristemente privilegiada- para reflexionar sobre este inmenso mar de cuestiones. Inmenso mar; sería reductor y unilateral, un nuevo ambientalismo simplificador que no deja de estar operando entre nosotros, enfocar la violencia y el dominio como cosas que se limitarían a caer sobre el niño, también existe la de los niños y adolescentes entre sí y la de los niños y adolescentes dirigida a su familia y a otros adultos. Las políticas de dominación y sobre todo la dominación como política no tiene un centro privilegiado emisor que facilite la implantación rápida del típico esquema opositivo victimario/víctima o dominador/dominado. Aquí también un entre se impone para hacer justicia a la complejidad de semejante problemática. Por otra parte la violencia como término -que toma el relevo en el psicoanálisis de las nociones clásicas de agresión, agresividad, etc.- es ambiguo y diverso en su propio interior; no podemos -so pena decaer en lo que Winnicott anatematizaba como “sentimentalismo”- en una condena “pacifista” de “la” violencia como una cosa mala, que sería deseable y a la vez imposible erradicar. Como ya lo sabía Eráclito, es la madre de muchas criaturas, las más bellas y las más monstruosas. Por eso mismo el psicoanálisis tradicional no logró progreso alguno al inventar e intentar una “pulsión de muerte” o de destrucción para unificar la multiplicidad de la violencia humana. Lo único que se logró fue tranquilizarse con “explicaciones” tan sumarias como carentes de toda eficacia: todas las guerras se aclararían remitiéndolas a esa pulsión, todos los suicidios, todos los asesinatos, todas las crueldades; además se perdía de vista de este modo tantas funciones creativas y vitales de la destrucción. Por más cuidados “metapsicológicos” que se quisieran tener, era imposible detener el maniqueísmo inmanente a la oposición entre Eros y Tánatos.
Dominar es una pasión humana y por otra parte sabemos ya que, para bien o para mal nuestra especie carece de una regulación biológica que se ponga en marcha automáticamente permitiendo un etología de la violencia y de la crueldad y de la maldad así como del impulso creador, que no es menos violento para nada. No es la única especie que carece de aquella regulación, pero sí es la única con semejante desarrollo cerebral y con semejante actitud para hacer de todo con la violencia y con la dominación. ¿Podría el jugar, ese otro rasgo o propiedad tan hipertrofiado en nuestra especie dominarla en algo, como ya quizá en parte al menos la mitiga y la reenvía a espacios menos explosivos? Quizá.
Quizá.

El primero relevante es el histórico que atraviesa el libro tomando al psicoanálisis mismo como su objeto, lo cual lleva a un balance de cuánto y qué en las teorizaciones psicoanalíticas debe darse de baja por envejecido o refutado a través de la experiencia clínica. Esto da lugar a un espectro de ejes de segundo orden que se abren en diversas direcciones, procurando la revisión de categorías tan arraigadas como las de narcisismo, o la de periodizaciones a revisar como la concerniente a adolescencia o a hacer notar que a falta de desarrollo teórico de aspectos del psiquismo tan cruciales como el de su capacidad para la alegría, desplazando el centro clásico en la angustia.

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