El psicoanálisis, sobre todo cuando arranca desde el jugar como primer gran emergente subjetivo, no se lleva bien con la geometría de formas rectilíneas; sus modelos plásticos más apropiados son la curva, el laberinto, el garabato, la instalación: todo aquello que convoca lo irregular, siempre en conflicto con las formalizaciones positivistas, que presionan por una concepción del psiquismo configurada con hiper-racionalismo y funcionalidad del tipo que promueve amaestrar sujetos antes que ayudarlos a ser. Pero también la tradición psicoanalítica requiere la reconstrucción de sus fijaciones y dependencias con ideales de cientificidad reduccionistas, sea que apelen a instalar un centro teórico que prima el movimiento de la diferencia -como cuando lo ocupa además un Edipo normalizador-, sea conservando míticamente una referencia pseudobiológica -ver las pulsiones- que satisfaga aquellas exigencias positivistas de fundar todo lo subjetivo en lo orgánico.

Este libro se dedica a un proyecto de liberación ya encarado desde hace tiempo por el autor, en un amplio abanico que abarca desde nuevas decisiones clínicas hasta el entramado de una conceptualización muy alejada de la tradicional en esta disciplina.

Este ramillete de pequeños ensayos se abre en varias direcciones que, sin embargo, apuntan al mismo objetivo: la creación de una actitud de renovación respecto de los hábitos de escritura y de los hábitos de pensamiento y por ende de los hábitos de vocabulario y de formato del psicoanálisis clásico; eso entendiendo por psicoanálisis clásico un psicoanálisis que en rigor no existe y probablemente nunca existió, salvo como criatura o engendro de ficción. Lo cual por otra parte quizás sea el caso para todo el paradigma de los “clásicos”.

Pero con la fuerza que da ese no-existir, ese psicoanálisis regenteó con firmeza dogmática los destinos clínicos y teóricos del pensamiento y de la práctica en esta disciplina, disciplinando a sus miembros para que anduvieran en línea, a favor de una supuesta frontera inviolable del psicoanálisis, imaginado sin deuda y sin huella del paso de otros pensares y de otros pesares.

Por esta vía, los sistemas institucionales de reproducción del psicoanálisis organizaron y montaron una red de criterios de reconocimiento -basada en la cristalización terminológica- que con el tiempo y su correr funcionaría atacando la agencia productora en el sentido que le hizo hablar a Derrida de enfermedad autoinmune. No pocas intervenciones o actings outs de Freud ya lo muestran trabajando en una tal funesta dirección: entre proteger y cuidar la integridad del Nombre del Padre y proteger y cuidar la extraña singularidad de este emergente carente de identidad convencional: el psicoanálisis. Freud no pocas veces eligió la primera opción, aun yendo contra su propia insistencia en pensar y pensar en serio y a fondo.

Desatar lo que nunca supo andar en línea recta, reencontrar el tono y el color de la curvatura: de eso es de lo que aquí se trata. Para ello hace falta pensar en pulsaciones sin pulsión, en un Edipo desedipizado, en prácticas autistas sin autismo, en una psicopatología libre de estructuras formalizantes… Como si propusiéramos una desontologización que deje levantar vuelo a las palabras a las que recurrimos, confiándoles imprecisas melodías o esbozos rítmicos de motivos temáticos que nos asedian y merodean hasta en nuestros sueños…

Lo que la repetición no desgasta lo consagra. Y el psicoanálisis se consagra y consagra la repetición, casi compulsivamente, pero siempre en juego, con esa pequeña diferencia que siempre se da a leer y a ver entre un juego y una repetición enfermiza. Y se consagra a curarla, en lo que se puede.

Sería posible imaginar que lo que el psicoanálisis propiamente pone de relieve, desnuda, es no tanto la repetición como lo que en el extremo hace que la repetición repita lo irrepetible, como cuando Freud señala la peculiaridad de esas neurosis que llama de destino, donde la compulsión repetitiva toca ese colmo de repetir lo que parecería ingenuamente puro azar, vale decir algo exento en principio de todo principio, de toda tendencia que pudiera considerarse “última”. Una repetición que carece de principios y que por lo mismo no requiere su remisión a pulsión o instinto alguno. Como que le es ajena cualquier finalidad. Pero que juega, hasta ese cabo en que el juego deviene inquietante, cuando no endemoniado. Fue un mérito de Freud enlazar de entrada el jugar a dimensiones no humanísticas, o por lo menos no sólo.

Ningún director de teatro o de cine que se precie se contentaría con una versión “arqueológica”, pseudohistórica, de Edipo según Sófocles; cada uno a su propia manera, la de Barthis, la de Caetano, intentará ensayar su propia aventura. Lo mismo puede decirse del actor –por ejemplo, Ricardo Darín- a quien le tocara encarnar el personaje al que debe liberar de más de una tradición bien-pensante. El psicoanalista haría bien en imitar esta movida, quitándole el polvo al Edipo de la IPA o de la EOL, fuertemente acartonado. Sólo accedería a pensar en la figura griega si lo hace desde su clínica siglo XXI. En ella es plausible que haya figuras de lo edípico cuyos rasgos sean nuevos, inéditos respecto del tirano de Tebas, contrariando mucho y en mucho el formato del cliché tan apelado por Freud. E incluso que el Edipo de Foucault.

En la pluralidad de la clínica cualquier unidad de carácter ligada al nombre de Edipo se deshace rápidamente, desembocando en la diversidad. Por ejemplo, niños cuyas aventuras y desventuras incestuosas los condujeron a inhibiciones del aprendizaje y niños cuya pasión devoradora por saber se nutre de aquellas pasiones supuestamente prohibidas. Pequeños déspotas llenos de caprichos y agrandados sobreadaptados, perfil éste desconocido en la Antigüedad. Ambiciosos hiperresponsables, tipo yuppies, en contraste con vagos admiradores de Peter Pan en quienes parece haber precluído la inscripción del trabajo como dimensión ineludible de la vida adulta.

En medio de todo esto vuelve a plantearse la pregunta: ¿qué quiere el incestuoso, adónde apunta su deseo, y sobre todo su desear? ¿Qué desea el incesto que no es exactamente el incesto como tal? ¿Es suficiente con invocar el trono, el poder del cetro fálico, demasiado lugar común? Por lo pronto el antiguo Edipo de referencia quiere vagabundear, y ese deseo es precisamente contrariado por la realización del deseo incestuoso. El nomadismo es un rasgo no edípico de Edipo. Pero, ¿Edipo es todo él edípico?

De donde resulta que toda esta diversidad quita apoyo a las determinaciones que tan generosamente se le prestan o regalan al motivo del Edipo o del Complejo de Edipo desde siempre y sin mayores pruebas por parte del  psicoanálisis.

Un ejemplo más del efecto autoinmune, ya que el psicoanálisis ha brillado ante todo desarmando derivaciones y causalidades imaginadas que proponiendo las suyas propias, no siempre con los debidos recaudos y prudencias de método…

De lo que se desprende la importancia, la necesidad, de volver a la caída de la torre, a des-preservar el famoso “edificio teórico”, tan celosamente custodiado por algunos practicantes y cultores de nuestra disciplina.

Mejor, para eso, que volvamos a las montañas, como lo quería Nietzsche.

Por su andamiaje epistemológico precisamente el texto prescinde explícitamente de ejes conceptuales, deconstruyendo estas viejas categorías.

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