por Ricardo Rodulfo

 

El psicoanálisis tiene sus propios impasses con “su” psicopatología, que no cesa de bascular, de manera bastante estereotipada, entre neurosis y psicosis. Al mismo tiempo, debe enfrentarse con el puntillismo burocrático de los DSM, a cual más reduccionista, a cual peor. El reciente libro de Marisa Rodulfo (Bocetos psicopatológicos) abre una refrescante alternativa en este campo, siendo un texto donde la sutileza del diagnosticar no se enreda en una psicopatologización global y donde el motivo de la gravedad no queda limitado al dúo “autismo-psicosis”.

 

Avanzando por esa senda de diversas gravedades quisiera ahora levantar el acta de un grupo de “nuevas” patologías cuya frecuencia es tan abundante que sería hora de tomarlas en cuenta, saliendo de las clasificaciones de rutina. Las expondremos en una secuencia bastante típica, si bien no inevitable en cuanto a que todos sus pasos deban cumplirse.

 

Antes que nada, la tontería, a la que aquí planteamos darle un estatuto conceptual, dejando atrás el calificativo insultante, un estatuto que Freud alguna vez rozó, dándole el carácter de una dolencia cara. Hace poco recordamos al respecto una frase de una notoria figura política argentina, una frase en la que, como de costumbre, el humorismo va de la mano con la profundidad: en efecto, allí Perón hace una interesante correlación entre una relación de simetría invertida, donde sería posible pasar de la maldad a la bondad, con una relación asimétrica en la que el acceso a la inteligencia desde la posición del tonto sería imposible. Esto requiere, para la tesis que vengo a desplegar, que caractericemos la inteligencia desde el ángulo de la diferencia y entonces digamos que se especifica como tal en cuanto sensibilidad -y mucha- a la percepción y aún para la creación o invención de diferencias, en tanto la tontería está marcada por una peculiar insensibilidad al respecto, por una tenaz indiferencia para la diferencia, por una atrofia de esa curiosidad ya tan explícita en el bebé, que lo convierte en todo un explorador. En jerga porteña, el tonto es “básico”, alguien a quien no le vayan a venir con diferencias complejas y multiplicadas. Padece una atrofia al respecto, atrofia que no hay que con fundir con retraso mental: con sus propios topes, alguien que lo padece bien puede saber de la curiosidad y del deseo de diferencia. No es el caso del tonto. No tenemos espacio aquí para ahondar en las condiciones sobredeterminadas que desembocan en una tontería hecha y derecha. Pero sí para avanzar hacia una derivación regular: el tonto se aburre, padece de aburrimiento crónico y siempre listo para activarse. Hoy en día llueven consultas por chicos y adolescentes aburridos, a quienes nada les interesa, no sólo que rechacen el aprendizaje escolar, pues carecen de pasiones y de gustos imperiosos. Nada les atrae ni los convoca.

 

El aburrimiento es una problemática donde faltan demasiados esfuerzos psicoanalíticos para investigarla y esclarecerla. No se lo puede remitir a una sola formación patológica, pues por ejemplo puede ser todo un equivalente depresivo, que no es el caso del aburrimiento que estamos considerando, ligado a una severa atrofia de la actividad imaginativa. En las épocas de Ser y tiempo Heidegger fue de los primeros en pensarlo de modos fértiles, ligándolo a un no hacer el tiempo: el aburrido renuncia de antemano a producir temporalidad con sus acciones, yo diría las lúdicas en particular, lo cual trae como consecuencia directa esa vivencia de que el tiempo “no pasa más”. Esto se refuerza, es mi idea, con una seria imposibilidad de espejarse en las más diversas producciones culturales, como cuando cualquiera de nosotros se identifica con el protagonista de una novela o de una serie o con el relato de una experiencia de otra persona. Pasivamente se puede adherir a una pantalla, pero en zappingpermanente, quedándose siempre afuera, autoexpulsado, lo que hasta parece una modalidad de preclusión.

 

Así las cosas se dan condiciones muy proclives para una u otra forma de adicción, incluso la adicción a lo que llamamos “consumismo”, comprar todo el tiempo para no aburrirse: se quiere comprar todo el tiempo porque no se puede hacer ese tiempo que no se compra. Y de allí a las adicciones más letales para la neuroquímica del cerebro. Habría que investigar a fondo porqué una época como la nuestra, en apariencia tan rica en estimulaciones de todo tipo, abunda tan de sobremanera en aburrimientos y adicciones, como para hacerle observar correctamente a un sociólogo como Scott Lash que las adicciones han desplazado a las obsesiones del centro de la escena. En este punto estamos lejos de una exploración como la que Los Beatles emprendían y que culminaba en bellas canciones; de lo que se trata es de escapar a un aburrimiento y a un tedio intolerable, a un vacío que el que lo sufre no tiene con qué remediar ni aliviar.

 

Y de allí se pasa fácilmente al vandalismo -como el de un grupo de adolescentes que, inmersos en alcohol y cocaína, hacen picadillo la casa de campo de un amigo en la que pasan el fin de semana, aprovechando de la ausencia de los padres dueños de casa- que puede llegar al extremo de matar a puntapiés a un par a la salida de un boliche, entre múltiples ejemplos por desgracia bien accesibles y cotidianos, si bien a menudo más inocuos. En todos los casos, es una violencia recurrida para sentirse real, lo que tontería más aburrimiento hacen peligrar radicalmente.

 

Baste para concluir hacer notar que estas patologías -nada sencillas de tratar- no se dejan gobernar por la demasiado simple oposición entre neurosis y psicosis, irrelevante para aproximarse a ellas.