por Ricardo Rodulfo

Por fuera de lo habitual me interesa marcar algunas cuestiones respecto al trabajo de Mónica Peisajovich. En primer lugar, destacar algo bien poco frecuente en los analistas de extracción lacaniana: escribir detalladamente un largo torso de historial clínico, matizado, por supuesto, por comentarios que lo puntúan conceptualmente. Los colegas que se definen en esta posición, en lugar de lo que ella hace, nos suelen empachar de citas y de largos pasajes herméticos sin mayor contacto con la clínica real, concreta, cotidiana, la que suelen dejar de lado en beneficio de pacientes extraídos del muso psicoanalítico, en particular el freudiano. ¿Cuántos trabajos se han dedicado al “pequeño Hans”? Y por añadidura lo escribe muy bien, con una pluma vivaz y cuidada.

En segundo término, es muy jugoso cuando uno se adentra en su texto comprobar con qué frecuencia rebasa sin decirlo –no sé si sin conciencia de ello- las típicas fronteras del paisaje lacaniano: en extendidos pasajes, por ejemplo, nos cuenta de su utilización de recursos puramente musicales para conducir algunos períodos del análisis, prescindiendo de la habitualmente indiscutida prioridad absoluta de la palabra. Y se interna con todo por esta vía, como es de rigor en un analista cuando se compromete en un tratamiento. Además, se sale del formato tradicional donde todo ocurre consultorio puertas adentro. Y nos puede narrar de otras intervenciones que se vuelven terapéuticas más allá de sus propias intervenciones, como en el caso del hombre que juega a la pelota con su pacientito. Todo esto trasunta libertad de movimientos y capacidad para desbordar el dogmatismo endémico de la corriente teórica en la que ella, por otra parte, se posiciona oficialmente.

En tercer lugar, el de cierta negociación característica de tantos colegas, en algunos momentos termina un ciclo de comentario conceptual recurriendo a las adocenadas fórmulas edípicas que todo lo reducen a padre y madre. Pero en este punto es elocuente constatar que es un agregado superfluo el que ella hace, algo que su propio tratamiento del caso no necesita en absoluto, está de más y nada agrega a la inteligencia del material. En cambio, podríamos intuir que hay una referencia en estado bruto a las maneras de Winnicott, dado como Peisajovich privilegia en muchos momentos el plano del jugar y del juego y no el de los significantes logocéntricos. En definitiva, un texto fuori serie.