por Ricardo Rodulfo

Llamó mi atención un comentario llegado del campo de la Psicología laboral en la que se hacía hincapié en qué se focaliza hoy en las empresas que son exigentes en relación al personal que buscan: la disposición para aprender, claro, pero muy en particular la mayor o menor capacidad para desaprender y desprenderse de saberes y técnicas adquiridas. Esto por encima de los títulos académicos de que se revista el candidato. Y el factor segundo parece de mayor relevancia que el primero, empezando porque es su precondición.

 

Se entiende esto en una perspectiva histórica y antropológica: en la inmensa mayoría de las culturas lo que se aprende es de una vez para siempre, muy difícilmente cambie algo al respecto. Una vez que adquiero un saber-hacer ya está, sólo me queda transmitírselo a mis descendientes. También fue así en la nuestra hasta el Renacimiento, donde, constitución de la ciencia mediante, tal inmovilidad empieza a cambiar, primero lentamente, ahora a toda y gran velocidad, mayor incluso que la de los psiquismos comprometidos en esa situación. Por primera vez, a partir de entonces, desaprender se vuelve un trabajo necesario, indispensable. Por eso mismo, ya los mismísimos títulos académicos no duran automáticamente toda la vida: hay que renovarlos y demostrarse actualizado. Es preciso poder dejar caer y descartar antiguas o no tan antiguas verdades, hipótesis, teorías, creencias, nociones, saberes. Para navegar hoy, necesito un GPS. Y así sucesivamente. Corolario implacable: si no desaprendo, si no olvido, mal puedo adquirir nuevos conocimientos.

 

Pues por este camino desemboco en un largo problema que afecta al psicoanálisis y compromete su desarrollo y vitalidad potencial. Campea en toda su enseñanza -sin excepción, de punta a punta en la totalidad de sus dispositivos institucionales- un conservadorismo retentivo que bloquea seriamente la posibilidad de desaprender, amenazando con dejarlo del lado de disciplinas en extinción. En su conjunto, los psicoanalistas se resisten a desaprender nada de lo aprendido a lo largo de su formación, que toma de este modo un tinte atemporal. Se yuxtaponen algunas ideas nuevas –siempre que se les conceda algún lugar- con otras más antiguas que les son incompatibles, solo porque el analista no quiere tirar nada, y conservar uno al lado del otro; el lavarropas con la tabla de lavar en el río de aquellos tiempos. Testimonios de tal proceder abundan: la entrada de Lacan al psicoanálisis se hizo o la hizo por el costado de la problemática del narcisismo, que ya tempranamente él observó como un concepto mal pensado, para remediar, lo cual convocó a un “pequeño detalle” olvidado o no considerado por los psicoanalistas anteriores: nada menos que el espejo, lo cual cambiaría irrevocablemente la manera de conceptualizar ese motivo. Ahora bien, al introducirlo, Lacan rompía con la mónada, o la “célula narcisista”, consagrada a auto-investirse, eventualmente a cambiar de dirección y dirigir la libido hacia otra mónada, el objeto, para a la menor frustración volver sobre sí misma. Todo esto se llamaba narcisismo primario, objetalidad y narcisismo secundario, un manojo en tropel de complicaciones inverosímiles que introducir un espejo volvió innecesarias, toda vez que ya no se trataba de una bola auto-afectada sino de un desdoblamiento entre cuerpo real y su imago, y esto además en un territorio presidido por el Otro, por ejemplo la madre sosteniendo en brazos a su bebé frente al espejo.

 

Aquellos conceptos desaparecieron por eso del repertorio de Lacan. Pero una gran mayoría de analistas, al tiempo que repiten el relato del encuentro con el espejo, lo yuxtaponen, sin plantearse mayores problemas, con el antiguo vocabulario que hablaba de dos fases narcisistas manteniendo la vigencia de la figuración monádica del psiquismo. A mi turno, pude ver como muchos colegas parecían entusiasmados con mi puntuación del jugar y sus tempranas funciones, pero sin renunciar por eso a cambiar nada de la secuencia que apela a Edipo, etc. La idea nueva parece aceptarse, pero no que modifique nada nada de lo anteriormente asentado y establecido por la tradición y la burocracia psicoanalítica. Por muy distinto que algo suene, nunca faltará una pregunta que procure reducirlo a la metapsicología clásica, o a las tópicas lacanianas según el caso. Siempre también habrá quien logre revolviendo algún viejo texto “encontrar” una frase de Freud o de quien fuere para demostrar que esto ya estaba pensado. Todo un proceso de neutralización, en el que no falta un cierto juego de simulación bien renegatorio, por medio del cual se hace como si no se registrara en absoluto que se está hablando de algo distinto, de otra conceptualización inderivable de las tradiciones escolares y escolásticas del psicoanálisis. A lo cual se suma una transmisión-enseñanza claramente atemporal, un procedimiento por el cual el sistema que se quiere defender en su intocabilidad se presenta como constituido solo de sí mismo, sin ninguna contextuación histórica ni política ni ninguna otra: el sistema teórico funciona en un circuito cerrado que gira en el vacío, nunca afectado por acontecimientos históricos, sociales, políticos, económicos… Como en esos cuadros de Rafael donde un grupo de filósofos se reúnen en la misma tela, sin importar los siglos que los separan en cuanto a su existencia concreta. La supuesta atemporalidad del inconsciente se ha transformado en la atemporalidad de la teoría.

 

La gran causa que justifica estos métodos y los hace coincidir es el principio de autoridad, conjurado cada vez que una cita sale al paso de cualquier amago de idea diferente.

 

Dadas estas condiciones, por desgracia fácilmente verificables, desaprender algo y en su lugar implantar otras formulaciones se hace imposible, a menos que se rompa con este esquema de sometimiento. Pero el psicoanálisis así corre peligro: la gran invención de Occidente, la de un dispositivo que periódicamente descarta y renueva, haciendo y cada vez más rápido, que ninguna generación viva en el mismo paisaje que la precedente, se desvirtúa y nuestra disciplina se coloca del lado de una tradición mítico-religiosa inmovilista, que a la larga nos puede mandar a ese geriátrico de la cultura que es el museo de las ideas y de las prácticas. Cada psicoanalista, en lugar de tantas declamaciones éticas, debería cada tanto preguntarse por cuantas y qué cosas ha desaprendido para continuar trabajando de una forma desapegada de toda doctrina. O interrogarse cuánto hace que no desaprende nada. Cuánto hace que mecánicamente sigue invocando “pulsiones” o “instintos” -el cambio de traducción no cambia casi nada, es un típico engañapichanga- aunque semejantes nociones ya no se pueden sustentar en nada, menos que nada en la biología, y su reinserción lingüística idealista no parece eficaz ni convincente, ya que siempre aquellas nociones siguen connotando una dimensión como de salvajismo animal. O cómo, pase lo que pase, en el campo del pensamiento psicoanalítico continúa manejando idéntico repertorio de periodización de la vida anímica: primero el narcisismo, luego lo edípico, con esos nombres sumarios se quiere dar cuenta de años de vida de una densidad que cada vez admiramos como de una complejidad inagotable, sobre todo por la continua incidencia de intervenciones culturales que no cesan de no dejar tranquila esa marcha de aquella vida anímica, comprometiéndola en incesantes transformaciones y mutaciones, lo que ha obligado a reconocer que la adolescencia empieza antes que antes y termina después que antes, que los bebés y deambuladores son mucho más activos y precoces que los de antes, que la latencia ha desaparecido sin aviso previo, etc. Lo mismo que el blanqueo normalizador de la homosexualidad arruina la supuesta función normalizadora del Edipo -que fue siempre una categoría instrumentada para fundamentar la posición dominante de la genitalidad en tanto heterosexual, por todo lo cual ya lo edípico queda desbordado desde más de un ángulo para poder hacerse cargo de las tareas que el psicoanálisis clásico le confió. Por lo que la periodización de los primeros diez años de vida debe barajarse para dar de nuevo. Tampoco el narcisismo pensado en serio –con espejo y sus prolongaciones en tantas pantallas contemporáneas- puede asimilarse a un supuesto estadio primitivo, confuso e indiferenciado; al revés, introduce una formidable diferenciación que es exclusiva del sapiens en lo tocante a la función capital de la imagen.

 

Esta enumeración podría extenderse, con la desoladora conclusión también extensible de que casi todos los analistas siguen conservando, por inercia, todo un vasto repertorio de nociones y conceptos y pares opositivos obsoletos, que lo único que hacen es bloquear el acceso a y el contacto con los pacientes que nos llegan hoy, con sus celulares como objetos transicionales y sus nuevas preguntas acerca de los factores que los presionan y los asedian, los estimulan y no los dejan tranquilos. Hay que arremangarse: desaprender es un trabajo ímprobo, en particular teniendo en cuenta la resistencia de factores inconscientes, porque no se lo puede cifrar en algún arrebato: implica rigor, un trabajo minucioso que llegue a poder tocar mi inconsciente teórico amén de todo lo que conscientemente manejo y me gusta sostener. Nada de tirar por la borda: hay mucho en el viejo psicoanálisis de siempre que puede servir si se lo reubica -por ejemplo, quitándolo de un centro que le confiere un poder estructurante poco justificable-, trabajándolo con operaciones de descentramiento que lo pongan en otro lugar. Hay también proposiciones de la metafísica metapsicología tradicional que valen recolocadas en un campo psicopatológico, tipo las derivadas del vetusto principio de inercia freudiano, que pretendía ser la base, el cimiento nada menos, de la actividad psíquica toda ella, cuando a lo sumo serviría para pensar algunas cosas de los transtornos fóbicos graves o del autismo. De modo que no es un desaprender binario, todo o nada, que descarte en bloque; se desaprende paso a paso en regiones que no se dejan englobar en una unidad como la de “la” teoría. Sobre la inutilidad y la tosquedad de los juicios globales, a favor o en contra, se pronunció ya bien rotundamente Jacques Derrida. Nombre que arriba justo a tiempo: se trata, efectivamente, de desconstruir, y desconstruir nunca es omniabarcativo, se lo puede practicar solo paso tras paso, sin precipitaciones prematuras.

 

Necesario asentar también que desaprender no es ningún retorno a. Respeta los trabajos de tales retornos pero no los suscribe, aunque pueda servirse en ocasiones de algunos de ellos. Está en juego abrir el provenir, no retornar a él para que siga llevando en su sello significantes del pasado que entonces inevitablemente se fetichizan. Ya sin retornos, o con algunos de ellos a cuestas, nuestra disciplina está plagada, saturada, de conceptos fetichizados: castración, falo… los conocemos demasiado: pulsión de muerte… (más nos interesaría convocar a la muerte de la pulsión).

 

Además, desaprender es una manera compleja de jugar, no al alcance todavía de los niños, expediente abierto a partir de la adolescencia y si todo anda bien muy activo a lo largo de la vida adulta, cuando ésta no cae en las aguas de la renuncia a la diferencia y a la singularidad en aras de convertirse en norm  .