por Ricardo Rodulfo

Es propio de la experiencia psicoanalítica problematizar la noción simple de presente, que parece contar con tanta base empírica. Parece. Paradójicamente es la dimensión temporal que más se nos escabulle apenas intentamos atraparla; apenas intentamos atraparla ya no está allí donde creíamos haberla dejado. Dos factores acuden en nuestro auxilio para situarlo mejor.

 

El primero, la música. Esta hace un pliegue en la aparente continuidad temporal, en su flujo, y entonces escuchamos una composición que dura, por ejemplo, media hora, y en verdad no sabemos cuanto ha durado: ha durado otra cosa, algo se ha alterado en la duración “normal”, previsible. De pronto, la belleza de esa media hora ha insumido una eternidad, nos ha transformado. ¿En qué modo del tiempo eso ha transcurrido? En todo caso, el espacio del presente y su duración se ha deformado, se ha extendido o contraído, o ambas cosas intercaladas. Una canción de tres minutos pasa por nosotros, nos atraviesa, y ya no sabemos cuanto duró eso que tanto duró y que reverbera.

 

El segundo factor es el orden digital.la extensión de la simultaneidad que procura ensancha de golpe nuestro presente antes de ella más angosto, más circunscripto, más estrecho y ajustado. Ahora junta Pekín y Buenos Aires. Es otro tipo de presente, y un presente sin presencia inmediata y dada al simple ver. Tampoco se lo siente claramente al ser una nueva experiencia el que alguien reciba ya nuestro correo. Antes eso era enviado al futuro. Lo mismo al atender a un paciente por Skype.

 

Como para volver sobre las observaciones de Heidegger acerca de cómo nosotros construimos el tiempo desde nosotros, y no que aquel esté por afuera de nosotros, ya constituido naturalmente.

 

Por otra parte, el trabajo motivacional de la música cuando trabaja insistentemente pequeños motivos o un pequeño motivo que se disloca se divide se fragmenta se repite sin repetirse nunca tal cual –caso sinfonías 5 y 40 de Beethoven y Mozart, respectivamente- socava la clasificación convencional de pasado, presente y futuro, mezclándolos en una nueva configuración sin nombre a mano, como uno no apele al go on being de Winnicott, desarticulando costumbres cotidianas de nuestra percepción del tiempo y proporcionándonos una nueva experiencia en su temporalización. Designo con este término esa incidencia subjetiva en la constitución del tiempo.

 

Como observación final anotemos que la idea de globalización, con pretensiones de concepto, suele encararse en una dimensión espacial: achicamiento del mundo, descuidando su costado claramente temporal, que abarca el planeta entero de un solo golpe de teclado.