por Ricardo Rodulfo

 

Es el nombre que mejor describe el tipo de pensamiento que vengo proponiendo y desarrollando en el campo del psicoanálisis, tanto en la práctica clínica como en lo conceptual. Tal nombre registra el impacto y la incidencia de la obra de Jacques Derridá en nuestra disciplina, impacto e incidencia que hace ya muchos años me propuse continuar y, en la medida siempre limitada de las posibilidades de uno, hacer avanzar. Expuesto más que brevemente, esta nominación supone una fuerte inflexión del psicoanálisis sobre sí mismo, un autoexamen pormenorizado, con miras a que todo lo nuevo que comporta se libere lo más posible -lo cual en general nunca es mucho- de las consecuencias de su dependencia de las arraigadas urdimbres mítico-metafísicas que lo sujetan y con frecuencia aguan aquello más potente que trae consigo, lo cual a su vez requiere de un examen lo menos ingenuo y que no se sienta seguro por el simple expediente de armar un sistema teórico más o menos coherente y con un vocabulario propio, ya que tal sistematicidad poco y nada protege de compromisos metafísicos. Este modo de pensar impregna la formación de una actitud de vigilancia permanente.

 

Un ejemplo algo extendido nos servirá de muestra: el motivo de lo originario, tan omnipresente en nuestro campo, primeramente soldado a las experiencias más tempranas, antes de migrar parcialmente a lo más recóndito de la prehistoria familiar del sujeto, con uno u otro matiz vuelve a la carga en distintas variantes: origen del deseo, de la alteridad, de la prohibición, del jugar, de la sexualidad… En general tiende a confundirse con la idea de lo más antiguo, como si se tratara de algo equivalente, lo cual puede y logra hacer incurrir en error, porque olvida así la potente incidencia de un acontecimiento para nada necesariamente arcaico. Este error deriva de la raíz metafísica de lo originario -largamente anterior al nacimiento del psicoanálisis-: en la metafísica y en los mitos a que da lugar lo originario siempre coincide con la noción de una antigua muy antigua fuerza o esencia, y sabemos que la dimensión mítica invariablemente construye ficciones de origen, del origen de lo que sea, atuendos, enfermedades, costumbres, técnicas… La fijación a creer en un ligamen invariable entre la temprana infancia y lo originario generó en nuestra práctica clínica no pocos fracasos terapéuticos y callejones sin salida, minimizando la capacidad estructurante de fenómenos nada remotos y hasta futuros. Toda una idealización del pasado y de un mito del origen simple de la posterior diversidad y complejidad.

 

Nos lo enseña muy bien un mitema antropológico y político en boga hoy: el motivo de los “pueblos originarios”, agudamente tratado por la religión judía en el mito de la tierra prometida… Pero este tratamiento renovador no ha sido la regla. Cuando se da una aproximación no lineal al fenómeno se constata regularmente que estos supuestos pueblos originarios han sido precedidos por muchos otros -a menudo barridos del mapa por la irrupción de aquellos- y que siempre se pueden desenterrar las huellas de un pueblo anterior, sin contar con que además todo archivo tiene su cuota de textos perdidos y que muchas veces apenas si queda en pie algún testimonio de una cultura olvidada, perdida. En verdad, todo ocurre cuando se dan investigaciones históricas libres de prejuicios míticos en el sentido de que lo único que podría denominarse originario en el homo sapiens es su carácter nómade, su errancia migratoria incontenible, que no lo ata nunca a un territorio dado, llevando a la especie a vagar por todo el planeta. (Esta concepción mitometafísica se agrava con la atribución de bondad que se hace de estos pretendidos originarios, en contraste con la maldad que queda toda entera del lado del invasor europeo. Toda una ideología tributaria de aquella antiquísima polaridad filosófica y religiosa entre el Bien y el Mal, que niega o reniega de la ferocidad y capacidad para la violencia y la crueldad sin límites que comparten y se reparten sin mayor desproporción todas las culturas humanas desde tiempos inmemoriales y en los más diversos espacios de este mundo. Este motivo del buen salvaje, tan rousseniano él, invierte claro el del civilizado bueno que se enfrenta con la maldad de los primitivos: la misma estructura, solo que invertida).

 

En la subjetividad, cuyos resortes estudiamos en el psicoanálisis, aquel elemento de lo nómade, lo migratorio, el cual reúsa asentarse en una identidad inmóvil en lo espaciotemporal, se recrea en otro plano como la indefinición, como el rasgo más acusado del sujeto desde su nacimiento en adelante. El “ser humano” no nace ya definido y formateado, no nace configurado por una determinación biológica o psíquica, según la metafísica siempre lo ha pretendido al buscar en él una esencia con poder de causa, sino que nace abierto a una estructuración que resolverá el porvenir y a la medida de acontecimientos no originarios pero sí incalculables, impredecibles. Esto es también lo que hace que realizar una trabajosa terapia tenga sentido, en la medida en que no trabajamos con destinos cerrados y clausurados.

 

Viene a cuento un comentario de Galileo ante alguien que decía que el sol era “eterno”. La historia narra que el gran físico murmuró “¡Má no!… ¡Eterno no!… ¡Antico!”. No confundir vejez con originariedad sería la moraleja de la historia.

 

Hay otra de tono más local. En la década de los ´60 una típica intelectual porteña de café, quien en aquella época con su marxismo y psicoanálisis a cuestas avanzaba en la idealización de lo telúrico, llegó a la quebrada de Humahuaca, su primera visita a un lugar cargado para ella de motivos “originarios”, de verdad natural –el mito de lo originario anda invariablemente de la mano del mitema de lo natural-, y he aquí que lo primero que escuchó no fue una zamba ni un carnavalito sino un estruendoso rock -y en inglés, para colmo-que escuchaban un grupo de jujeños con notorios rasgos quechuas… Toda una decepción que le hizo interpretar la situación como una suerte de traición de esa gente a lo que debían escuchar para seguir siendo “originarios” según ella deseaba.

 

Es de esperar que los “originarios” defeccionen de la “pureza” que se les atribuye -y tocamos aquí otro motivo, el de la pureza, metafísico hasta la médula-: es posible que no sepan claramente qué quieren ser, pero también lo es que se resistan a ajustarse a una identidad fija, pegada a un determinado espacio geográfico, en definitiva otorgada por el mismo colonialismo que primero los consagró como “primitivos” o “salvajes”. El toque de idealización que resplandece en el slogan o significante de lo originario no alcanza para vivir verdaderamente en diferencia.

 

Más prometedor es el camino del injerto o de la mezcla, como en la banda mejicana Tribu, que engama ritmos de rock con modos melódicos de la música precolombina.