Konex concede sus premios 2016 en las disciplinas de psicoanálisis (Abel Fainstein, Hugo Lerner, Ricardo Rodulfo, Juan Carlos Volnovich y Virginia Ungar) y psicología (José Antonio Castorina, Ana María Fernández y Ana Lía Kornblit, Hugo Vezzetti y Moty Benyakar).

 

Acaban de conocerse las distinciones otorgadas por esta Institución, distinciones que, como se sabe, cubren las más variadas disciplinas y cada diez años premian a cada una en particular. En este caso nos interesan en especial los premios que cubren el campo de psicología y de psicoanálisis. En esta última disciplina los cinco premiados son: Abel Fainstein, Hugo Lerner, Ricardo Rodulfo, Juan Carlos Volnovich y Virginia Ungar. En lo que hace a psicología nos interesa destacar las distinciones recibidas por José Antonio Castorina, Ana María Fernández y Ana Lía Kornblit, Hugo Vezzetti y Moty Benyakar.

 

Es relevante señalar que cuatro de estos diez premios incumben a profesores de la U.B.A. y de la Facultad de Psicología en particular. En efecto, uno de los psicoanalistas premiados es Profesor en dicha Facultad y lo mismo ocurre en el caso de tres de los premiados en psicología; si bien alguno de ellos ha pasado al CONICET, ostenta una larga trayectoria como profesor en la Facultad de Psicología. De la misma manera me parece relevante que el psicoanalista distinguido que es profesor de dicha Casa, sea uno de trayectoria independiente, sin pertenencia a instituciones psicoanalíticas internacionales. Otro aspecto a destacar es que las distinciones otorgadas valorizan distintos aspectos de una trayectoria: en algunos casos se premia claramente la producción intelectual, la generación de nuevas ideas o bien la investigación consistente y sostenida. En otros se premian trayectorias consagradas a lo institucional y a lo político –me estoy refiriendo, claro, a la política institucional del psicoanálisis- sosteniendo proyectos decididamente renovadores en ese ámbito. Por otra parte se diría que diversos nombres premiados se pueden leer como un reconocimiento a la independencia intelectual, sean cuales sean las direcciones concretas que esta independencia tome. No siempre la independencia intelectual es valorada y reconocida como se debería hacer: en muchas ocasiones pueden predominar el espíritu de capilla o una pertenencia institucional obediente. No es el caso en estas distinciones.

 

Una palabra aparte creo merece lo siguiente: nuestra cultura tiene siempre una inflexión en la que busca el nombre propio individual, para premiarlo en este caso. Esto tiene su legitimidad, sobre todo porque, con todos sus defectos, nuestra cultura ha tendido y tiende a afinar el lápiz en lo que hace a reconocer y validar diferencias y heterogeneidades que en otras culturas difícilmente tendrían tanto espacio. Pero al mismo tiempo es oportuno y necesario señalar que cada uno de estos nombres propios condensa -a la manera de una persona colectiva freudiana- una multiplicidad compleja que involucra muchos otros nombres propios y no pocas marcas, sean de maestros, sean de pares, sean de discípulos y de estudiantes que supieron hacer preguntas que obligaran a pensar. Del mismo modo cada nombre propio condensa por lo general equipos de trabajo pasados y presentes. Es este un antídoto útil para evitar el vedetismo a que a veces lleva cierto culto a la individualidad. De esa multiplicidad a la que hemos aludido forman parte también -en el caso de los que trabajan clínicamente- muchos pacientes que han aportado, a menudo sin saberlo, no pocos materiales y a veces incluso pequeñas innovaciones que luego perduran renovando viejos dispositivos clínicos.