por Ricardo Rodulfo

Paranoide: seguramente la actitud más o menos patológica más enemiga y ajena a él, cosa que se manifiesta en un carácter malhumorado por excelencia unido a una susceptibilidad que bloquea por completo la posibilidad de tomarse a sí como objeto humorístico. En verdad, todo esto tiene que ver con el pronóstico reservado o abiertamente negativo de este espectro de subjetividades, ya que la terapia analítica cuenta con el sentido del humor como un aliado natural, toda vez que no es sino una derivación compleja y sutil del jugar temprano. Si el paciente se siente perseguido por cualquier manifestación cómica, irónica o humorística nuestros problemas son bastante insolubles. Agrava las cosas la construcción de bloques teóricos delirantes con los que está prohibido jugar, como durante la dictadura última el motivo de las supuestas “esencias”  del ser nacional.

 

Melancólica: aquí la situación es mucho más ambigua, pues en principio un melancólico puede estar muy bien dotado para la acidez crítica del humor, como se ve en un personaje como Hamlet. A esto hace obstáculo una susceptibilidad ya señalada por el mismo Freud que puede no tolerar una reflexión humorística sobre sí, conduciéndolo a una victimización de sí y a la autocompasión mezclada curiosamente con el autorreproche. Y también una fetichización de los traumas o injurias sufridas durante su existencia. La transacción es muchas veces una acidez propia unida a una gran intolerancia hacia el humor de los otros. La altanería del melancólico complica aquí las cosas, sus sufrimientos son demasiado importantes para que los toque una brisa o una brizna de humor. Kernberg aisló un síndrome depresivo-masoquista interesante de tener en cuenta, donde el segundo término logra investir con una cuota de extraño placer los padecimientos horribles que afectan al primero. Pero esto tampoco va a favor de la introducción de la actitud del humor: malograría esos logros masoquistas, algo así como todo un “beneficio secundario” (?) del cuadro.

 

Alma bella: siguiendo la descripción hegeliana, impera una posición de “Este humorismo es demasiado duro para mi sensibilidad tan pura y exaltada, demasiado retorcido para mi transparente bondad”; sobre todo, se trata de negar o borrar toda huella de complicidad o complacencia con los horrores de este mundo, con los que “esta bella alma” nada tendría que ver, tan buena como es, en tanto el humor empieza por reconocerse adentro del infierno, trabajando para soportar mal que bien las quemaduras. El humor no solo pasa por el dolor sino que emana de él. La diferencia es irreconciliable, toda alma bella repudiará el humor, salvo en dosis homeopáticas lavadísimas.

 

Políticamente correcto: en esta posición subjetiva campea una absoluta libertad de expresión, como corresponde a una actitud tan democrática. Por lo que al humor se refiere, sólo hay unas pocas excepciones. En efecto, nada más se evitará cuidadosamente usar del humor en los siguientes puntos:

 

– chistes de género. Si los hace, el humorista será tildado de sexista;

– juegos humorísticos acerca de etnias, como ser judíos, gallegos, etc. Quien transgreda este código podrá ser sospechoso de racismo;

– referidos a otros países o a regiones del mismo país. Idéntica acusación para el infractor;

– de humor negro: el mote será de sadismo, crueldad mayúscula;

– sobre temas de derechos humanos: violar este punto es lo peor. El responsable merecería un trato… muy especial;

– de rasgos personales, físicos o psíquicos. Una mezcla de desalmado con racista, discriminador impenitente;

– humor político: salvo que por casualidad coincida el dardo con los odios particulares del censor hacia el bando humorizado;

– religiosos: ofenden gravemente, merecen una visita de simpatizantes de EI, y eso hasta el Papa lo comprende.

 

Por afuera de estas pocas limitaciones, todo lo demás… libertad total.

La enemistad de la hipocresía propia del pensamiento o “pensamiento” políticamente correcto con la actitud del humor es, por supuesto, muy solapada, como corresponde, pero mucho más a lo hondo que en las otros tres perfiles .Sin duda, porque quien milita en esta postura quiere asegurarse el lugar de bueno de la película, por lo que afectará invariablemente la postura de la moderación: “Sí, que bueno es el humor… sólo que hay que refrenarlo un poquito, un poquito nada más…”

 

Por eso mismo, esta posición es la que, dentro de estas cuatro, más puede acarrear las iras humorísticas: a quien profesa el humor, aquella pose le es “imbancable”.