por Ricardo Rodulfo

Pienso que el porvenir del psicoanálisis depende en gran medida no de que una de sus “líneas” termine por imponerse como la mejor y más verdadera -cosa poco probable- sino de que consigne liberarse del motivo de la falta,  que en general bajo el nombre de castración, viene imperando en clínica y teoría. Dicho de otra manera, el motivo de la falta ha tendido siempre y sigue tendiendo hoy a reducir toda diferencia a falta, reprimiendo la diferencia bajo la contrainvestidura de la falta.

 

Esto no es nada nuevo ni un particular invento u ocurrencia del psicoanálisis, corresponde a una arcaica inscripción metafísica que produjo toda suerte de efectos en las más diversas concepciones científicas como asimismo en el terreno más ordinario de la vida cotidiana. Por ejemplo, para irse lejos de los formatos analíticos, un libro como el Facundo de Sarmiento responde enteramente a la oposición binaria entre lo que él designa como civilización y lo que en cambio presenta como barbarie, término que engloba todas las culturas que no son la nuestra, la occidental. De este modo, en lugar de exponer en abanico el desplegarse de las diversas culturas se nombra a las otras como aquellas a las que el elemento de lo civilizado les falta. La antropología dio un paso o un salto decisivo cuando se sacó de encima una tal dicotomía y pudo dedicarse a pensar y a disfrutar de los matices y rasgos diferenciales que miden la distancia de una cultura a otra.

 

En nuestro propio terreno los estragos de la falta han hecho que la psicopatología psicoanalítica se ordene desde una estructura –la neurótica- cuyo ordenamiento y lógica precisamente le faltaría a todas las otras disposiciones patológicas: el ideal de una cura entonces radicaría en procurar que los pacientes pudieran acceder a esa maravilla, la manera neurótica de ser. Por su parte, la vida cotidiana está plagada de ejemplos de esta manera de pensar, siempre desde una presuposición de falta. Esto ha llevado a que la misma concepción de deseo reúna en su seno las ideas más vulgares con las más sofisticadas, ya que todas ellas responderían al preconcepto o postulado de que el deseo se pone en marcha porque algo nos falta. Primero la falta, después el deseo. Se hace imposible pensar en un desear porque sí, sin causa alguna y sobre todo sin causa de falta o falta de causa. Esto encierra el deseo en un movimiento regrediente, destinado a restablecer algo perdido, en lugar de dirigido hacia un porvenir abierto e indeterminado. Tampoco se puede así aprovechar ciertas observaciones del pensamiento zen, donde lo que pone en marcha el desear del niño no es ninguna falta sino algo tan precioso como la curiosidad y el asombro. Ni curiosidad ni asombro remiten nostálgicamente a un pasado con un objeto perdido, poco importa si histórica o míticamente.  Ciertamente la clínica, la observación y la relación entera con un niño se más que beneficia de introducir estas dimensiones existenciales en lugar de la metafísica falta, siempre apoyada además por la religión.

 

Pero entonces nuestro futuro depende y pende de poder levantar una clínica de la diferencia referida a la differance como principio fundamental, haciendo de la falta -en situaciones donde es lícito introducirla o considerarla- un elemento entre otros en el amplio espectro