por Ricardo Rodulfo

En la nota anterior con el mismo título fuimos deliberadamente algo injustos con la figura del psicoanalista y sus limitaciones o taras profesionales. Adrede, para forzar cierta lectura, cierta toma de conciencia de ese dispositivo tan cerrado, tan claustrofóbico, que fue su consultorio, sobre todo en tanto modelo ideal. Queríamos presionar sobre ese punto antes que presionar sobre puntos acaso más “teóricos”, pensando que recomenzar el psicoanálisis desde otro punto de partida requiere algo más que trabajos de lectura: requiere modificar, alterar, transformar, vivencias corporales cotidianas del analista en su trabajo y en su forma de hacerlo.

Pero esto no nos exime de volver a la carga con consideraciones de orden más conceptual, aparentemente. Si nuestra propuesta es que ese otro punto de partida sea el niño en juego, tomado en su juego, estamos forzados a dirigirnos a todo un régimen más invisibilizado que invisible y que concierne al vocabulario colonial del Psicoanálisis en su primera emergencia: todo un ángulo de enfoque que jamás se ha practicado.

Para eso lo mejor es apuntar directamente a esa ecuación de hierro que dice niño=neurótico=primitivo. De los tres así nombrados, este último es el que, de hecho, carece de existencia empírica al par que, no obstante, marca a fuego a los otros dos y a la concepción que los anuda. Figura colonial por excelencia, promueve una idea de inconsciente como fase primordial y salvaje de la humanidad, que el niño y ciertas patologías psíquicas a su turno volverían a encarnar. Tan fuerte es esta impregnación eurocéntrica que, aunque de hecho la investigación clínica de Freud lo conduce a una dimensión de insospechada complejidad para nada primitiva ni a ninguna noción de unidad más simple y elemental, aquel volverá a la carga años después, desinteresándose un tanto de aquella complejidad de inextrincables cadenas del inconsciente para promover en primer plano la imagen de un Ello tan desorganizado y salvaje como era necesario para una mentalidad europea positivista o, al menos, marcada lo bastante por el  positivismo y por la Ilustración. Un Ello ajeno a toda legalidad, que solo quiere correr desenfrenadamente hacia satisfacciones inmediatas. Lo que, de ser cierto y no falso como lo es, nos daría un niño incapaz de jugar y de toda atracción por el juego, ya que es imposible el jugar sin la diferición y sin esa curiosidad del pequeño por la diferencia que lo lleva a interesarse más por la diferición que por la supuesta satisfacción inmediata respondiendo al principio del placer como pura descarga. En cambio, suficientemente sano, un niño bien de corta edad se interesa mucho y mucho más por cosas como resplandores, texturas, colores en movimiento, ritmos, que por la crasa satisfacción de supuestas pulsiones.

De resultas que tenemos que elegir: o un psicoanálisis que parta de ese Ello, energía sin estructura, o un psicoanálisis que parta de ese gesto espontáneo en que la mano de un bebé se estira hacia algo dando así una primera forma a lo que entonces podemos llamar una experiencia. O bien partimos de un psiquismo que a lo único que aspira radicalmente es a liberarse cuanto antes de cualquier diferencia que le imponga soportar “cantidad”, o partimos de uno que constantemente experimenta un tropismo, una filia, hacia la diferencia, lo que sencillamente llamaríamos la curiosidad. Este segundo punto de partida, que es el que vengo largamente proponiendo, nos llevará, claro, a pasar por ciertos lugares ya visitados por las teorías clásicas, como los del conflicto, el síntoma, las relaciones con otras personas, etc., pero pasaremos de manera bien distinta. Por ejemplo, no sentiremos la necesidad de inventar un deseo de satisfacción ya entre madre e hijo, deteniéndonos en cambio en todo el tejido de intermediaciones, difericiones, transicionalidades, que se tejen para que exista un entre ellos y existan ellos como posiciones de aquel entre. Asimismo, tomaremos nota de todas las particulares difericiones que socialmente presionan y se proponen para asignar incesto a esa pareja, respondiendo a mitos que esa sociedad debe hacer circular y conservar vigentes, algo que aleja mucho las prácticas incestuosas del mitema de la satisfacción directa y sin mediación alguna. El refinamiento que tantas prácticas de una familia exhibe para promover acercamientos de connotaciones incestuosas –las maniobras inconscientes que van poco a poco organizando largos cohechos, por ejemplo- da testimonio de lo poco que tiene que ver lo incestuoso con la desnudez de un Ello desbocado. Por el contrario, este otro  punto de partida nos dará pie para estudiar las formas en que se puede manipular la sexualidad temprana para interferir en los procesos lúdicos tan esenciales para el crecimiento de una subjetividad rica e imaginativa. También nos permitirá librar al niño de su prisión en la celda del hijo (edípico) para componer el escenario más abierto donde ese niño se encuentra con otras cosas que los padres: los pares, las figuras generadas en las pantallas narcisistas, toda la red de ficciones de la experiencia cultural en la que una persona va encontrando su identidad como ser de ficción.

Se trata de toda una deriva genealógica conceptual que ya empecé a declinar y en la que avancé en mi Dominios sin dueño, que algunas veces retoma conceptos clásicos reciclándolos, otras deja caer en un necesario y piadoso olvido y otras, en fin, propone nuevas formaciones conceptuales. Pero lo más importante es tomar nota de que, sin ese otro punto de partida, todo concepto por nuevo que fuere poco podría vivir, en un suelo no preparado para él. No reparar en esto ha malogrado no pocos intentos renovadores en el psicoanálisis. Nace también de ahí, de querer evitar que nos pase eso, nuestra precaución de pasar por la filosofía, de solicitar su ayuda, teniendo en cuenta la gran frecuencia, la frecuencia regular y corriente, en que tantas impasses psicoanalíticas encuentran su punto de apoyo en la robusta impregnación de metafísica que nutrió al psicoanálisis, muy amparada en la arrogancia con que Freud pretendía excluir todo motivo y contenido filosófico de su campo pretendidamente circunscripto a hechos.