por Ricardo Rodulfo

La temporalidad subjetiva es todo un tema en el psicoanálisis, por cierto un tema en primer término bien clínico, como cuando tropezamos con una persona que nos consulta que se pone a llorar por una muerte décadas atrás, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Probablemente fenómenos de este tipo indujeron a Freud a la afirmación, que hay que tomar en su valor de provisoriedad, de que en el Inc. No había tiempo, afirmación de una supuesta atemporalidad del Inconsciente. De este modo lo primero que el psicoanálisis cuestionó en el orden de lo temporal fue la dimensión lineal, cotidiana, de almanaque, del tiempo, con su secuencia invariable pasado-presente-futuro, inutilizable para el trabajo clínico así como para comprender y dar sentido a enigmáticos procesos psíquicos. El primer gran movimiento de Freud es su versión de un movimiento retroactivo de la temporalidad, según el cual un hecho posterior actúa sobre uno anterior, confiriéndole un sentido antes inexistente. Es una concepción bastante revolucionaria de la temporalidad que introduce una dimensión de futuro anterior: A habrá cobrado un significado gracias a B, que acaeció a veces varios años después.

 

De todos modos, esta nueva concepción no permanece como la única. Junto a ella, despunta el fuerte motivo psicoanalítico de la fijación, que consolida un a acción causal en una dirección digamos más tradicional, de atrás hacia delante, pero salteando la cronología, como para determinar una acción a distancia. Una flecha que va del pasado al futuro más que detenerse en el presente.

 

El punto a considerar es que como analistas no podemos quedarnos varados en una sola concepción del tiempo, ni teórica ni clínicamente, antes bien debemos ir y venir entre por lo menos cuatro. Junto a las expuestas consideraremos la que llamaría tiempocuántico, caracterizado por los saltos discontinuos, rompiendo secuencias regulares previsibles: irrupción del acontecimiento, sea feliz, realizador de esperanzas, o traumático; sea sin ninguna de estas intensidades pero tiempo del azar, siempre marcado por la discontinuidad. Y por último tenemos el tiempo del eterno retorno, tiempo de la repetición, pero de aquella que produce un poco de diferencia: se trata del eterno retorno ….. de la diferencia como tal, salvo en los casos en que la repetición contrae esa enfermedad autoinmune que podemos llamar, para distinguirla, compulsión de repetición.

 

La idea es que nos movemos en un ámbito, el subjetivo, donde nos vemos obligados a bascular entre estas cuatro modalidades de lo temporal. Cierto estructuralismo tendió a descalificar por completo la dimensión cronológica, pero lo cierto es que existe y no sirve no tomarla en cuenta, por ejemplo, en el desarrollo de un niño. Lo que no sirve es reducir a ella el tiempo como un concepto global.

 

Estas cuatro dimensiones actúan a la vez separadamente y mezcladas, sucesiva y simultáneamente, según el caso, el momento, la situación. El clínico sabrá cual priorizar en un momento dado. Advirtamos que una tendencia a tomar en cuenta solo la retroactiva se volvió harto esquemática, porque además nadie dice que siempre va a consistir en dos escansiones temporales, puede consistir en muchas más de dos, como en el caso de una serie de duelos que se activan hacia atrás entre sí, según lo marcó Allouch apoyándose en Oé. Lo que Freud identificó lo identificó mediante un ejemplo clínico que no es ejemplar, admite otras variantes.

 

En una próxima nota desarrollaremos otras facetas en esta problemática de la temporalidad.