por Ricardo Rodulfo

El desorden generalizado en las fronteras alguna vez bien establecidas entre las diversas disciplinas que conforman el campo de las llamadas Ciencias Humanas le brinda al Psicoanálisis una oportunidad de oro para una renovación bien a fondo de sus presupuestos tempranos, (equívocamente, muchos tomaron y siguen tomando lo más temprano por lo esencial o lo más verdadero, error del que bien se cuidaron ciencias cuyo futuro no está hoy en peligro de extinción, como sí el nuestro), considerados incuestionables. El error más grave en esta fijación al pasado es el de no haber caído en la cuenta de que el psicoanálisis es una actitud, una manera de pensar, capaz, bien capaz, de sobrevivir al derrumbe, a la decadencia y declinación de sus teorías, aquellas que en diversos momentos generó y que siempre tendieron a confundirse con el psicoanálisis mismo.

 

El personalismo absurdo que ha reinado en nuestro campo impidió distinguir este principio que estimo fundamental. La manera psicoanalítica de pensar e intervenir nunca coincide del todo con sus expresiones sistematizadas ocasionales.

 

Toda esta introducción está dirigida a señalar inercias que imperan: una muy señalada es, o queda bien plasmada en el motivo, no solo lacaniano ya, pues se ha extendido, de sujeto, cuyo formalismo abstracto -apelaríamos aquí al término abstracción idealizante con el que Habermas fustiga ciertos estilos de Heidegger- literalmente precluye toda referencia y pertinencia de la clase social en los más hondos procesos de subjetivación. Parece que al sujeto le da igual nacer en un súper piso de Palermo que en una vivienda precaria de Fuerte Apache. Y su mismísimo Edipo será igual, lo mismo que toda la floración de su sexualidad. Es más: llegado el caso, la intensidad de tal o cual pulsión oral o anal será muchísimo más sopesada por el analista que los efectos de su crianza en dichos lugares. Un analista sensible y con sentido común -por suerte, los hay, y no en escasa medida- podrá por su cuenta valorizar e investigar clínicamente los efectos de pertenecer a determinada clase social, o a determinada subregión cultural de una clase social nunca homogénea, pero ese analista llevará a cabo tal emprendimiento por su cuenta y riesgo, sin apoyo bibliográfico, diríamos, sin recursos conceptuales a los que acudir a pedir ayuda. Y en general sin mayor apoyo institucional. Las escuelas analíticas pueden confrontar o ignorarse rudamente, pero coinciden con gran unanimidad en no ocuparse para nada de minucias tales como aquellas de las que Marx se ocupara tanto. Con el agregado postmarxista y postmoderno de que tampoco se ocupan de las diferencias no sociales pero sí culturales, como las que pueden crear una brecha tan mayúscula entre un comerciante enriquecido y un cineasta que vive en su mismo barrio.

 

Vale decir, el psicoanálisis se ha estancado en una “representación” de su fetichizado “inconsciente” según la cual éste es ajeno e inmune a toda diferencia o escritura socio-cultural. Un inconsciente sólo sensible a los matices sexuales o agresivos. Y sólo estructurable bajo fisonomías edípicas. Tamaña reducción no sólo afecta la introducción conceptual  -no meramente descriptiva- de lo socio-cultural, hay muchos otros factores que quedan afuera. Uno muy notorio -dada la violencia con que lo encontramos en tantas situaciones clínicas- es el dinero, lo “económico” pero no en su acepción freudiana, re-contra-reducido a ocupar un término en las “ecuaciones simbólicas”, que bien poco sirven para desentrañar el enorme peso la gigantesca gravitación que tiene y exhibe sin mayor disimulo o con mucho disimulo, incluso con mucha represión, en tantas y tantas coyunturas que suelen llegar al consultorio. El deseo que despierta es de una magnitud que no se deja reducir a llamarlo “sexualizado”, más bien a veces el sexo logra ser “dinerizado” y así alcanzar cierta estatura. Ver como una pareja en curso de separación combate por posesiones materiales o una familia se bate a muerte en una sucesión es un espéculo que impone la imposibilidad de remitirlo a vivencias infantiles o a diversos “simbolismos” para aclararlo. Su mismo papel en la transferencia se nos impone también, para interrogarnos de dónde saca el dinero semejante incidencia subjetiva, que a veces ya empieza a delinearse en la niñez. Claro, es referible al dominio, al deseo de poder y de dominio, pero no basta con tranquilizarse con explicaciones verbales, soluciones de vocabulario. Y el dinero además suele constituirse en lo más real que hay. Desde ese poder real emana efectos simbólico-imaginarios. Así como no es una superestructura del capital tampoco lo es del psiquismo. Y no hemos investigado nada de su papel primario, primordial, en los procesos de subjetivación. Pero al menos es importante empezar por declarar la inutilidad de las maneras clásicas de pensarlo. Esto hasta puede terminar con una cita de Freud, algo que entrevió, pero no pensó, fijado en su pansexualismo: es cuando escribe que solo en cuestiones de dinero las personas suelen ser tan hipócritas como en las sexuales. Incluidos los analistas, diría yo, que nunca hablan de su deseo de ganar buen dinero, como si esto fuera a desacreditarlos.