por Ricardo Rodulfo

Recientemente en Argentina se desató un chubasco acerca de si el 24 de marzo debía ser un feriado inamovible o no. La discusión no caló hondo, apenas un choque frontal, perdiéndose la oportunidad de una verdadera profundización capaz de atravesar opciones ideológicas y creencias establecidas. En lo que sigue intento lograr un acercamiento distinto al tema, recurriendo a la ayuda del pensamiento psicoanalítico y a los procedimientos desconstructivos que nos legó Jacques Derrida.

La cuestión, en mi concepto, reside mucho más acá del punto de la movilidad o inamovilidad de un feriado cualquiera. Sabemos que a partir de los ´90 en nuestro país se inició una nueva etapa al respecto, tendiente a hacer de un feriado pretexto para turismo de fin de semana largo, toda una manipulación hedonista que volvía a ese feriado un instrumento útil para tal fin a costa de la significación colectiva de la fecha. Tal política nunca más cesó hasta ahora, ni hay signos de que lo haga, gobierno tras gobierno. Algo que sirve para analizar las continuidades de fondo por detrás de las apariencias más o menos vistosas de diferencias pretendidamente sustanciales. En consecuencia, la discusión acerca de porqué mover un feriado o no deja intacto el problema decisivo del porqué la elección de cierto día y no de otros posibles, algo para nada neutro ni menor. Aquella polémica no toca los intereses de fondo en cuanto a hacer de una feria mero recurso para la venta de mercancías en el terreno turístico.

Y efectivamente no parece haberse pensado con algún detenimiento la elección del 24 de marzo como feriado nacional, equiparable en su fijeza a fechas tipo 25 de mayo y nada menos que más importante que la que evoca la figura del General San Martín, alguna vez considerado “Padre” de este país. Me importa mucho, llegados aquí, restituir una pregunta informulada: ¿por qué precisamente convertir ese día concreto de la puesta en marcha de un golpe de Estado en el día de una fecha patria, celebrándolo así, si nos cuidamos de despojar a este verbo de cierta connotación fiestera? Interrogación que intensifica su potencia si recordamos que una porción nada menor de nuestras elecciones proviene de factores inconscientes, dimensión que en política y territorios vecinos se procura ignorar, actitud a la que mucho ayuda la ignorancia y falta de una mínima formación intelectual de la mayoría de sus participantes, incluidos los más famosos.

Introduzcamos un ángulo de comparación: ¿no nos extrañaría que los romanos hubieran consagrado una fecha de feria al día en que Atila los invadió llegando hasta el mismísimo Papa, en lugar de hacerlo con el día en que vencieron definitivamente a los cartagineses y asumieron el control del mediterráneo? ¿Y qué pensaríamos si hoy en Alemania fuera feriado el día de los cristales rotos, y si Francia conmemorara la caída de París en manos de Hitler? Así contrastada -y los ejemplos podrían multiplicarse ad infinitum– nuestra fecha interrogada se torna más llamativa, recupera la capacidad de sorprender que hasta ahora se viene tapando. Su elección hasta cobra un cariz cómico, como una mueca burlona que viene desde el inconsciente de quienes la propusieron y la pusieron a circular y de quienes lo aceptaron mansamente, sin plantearse mayores problemas.

Sólo que lo aciago, lo sórdido, lo atroz desencadenado ese 24 -o más bien terminado de desencadenar, pues había empezado bastante antes, unos años antes-  retroactúa sobre ese efecto de comicidad con un matiz inquietante si no siniestro, pues se trata sin duda del peor día de toda nuestra sangrienta historia. Y que reaparezca con los emblemas de una fecha naturalmente natural nos llama a pensar en el elemento de la compulsión de repetición, pesando en que así quede situada. Un elemento por cierto nada ligero si pensamos, retomando, esa que fue buena iniciativa de ya dejar de discursear del golpe militar para pasar a rebautizarlo como golpe cívico-militar, en la extensión ambigua y de fronteras poco claras en cuanto a esa presencia de lo cívico, presencia que no se liquida a sí misma por el “retorno de la  democracia”. De este modo, la elección del 24 para hablar del 24 puede analizarse como un típico retorno de lo reprimido intensificado por la intensidad catastrófica de las dimensiones traumáticas alcanzadas en aquellos tenebrosos años. Toda vez que, encima de todo, había muy buenas, excelentes, opciones para situar el feriado. Inobjetables, diría yo, y mucho más vitales y estimulantes para nosotros como nación: primero que nada, el día, el primer jueves, en que Madres empezó su ronda en Plaza de mayo; un auténtico Día de la Resistencia, genuinamente heroico. En segundo término, el día en que se recuperó al primer nieto reapropiado, gracias al accionar de Abuelas. Y hasta el día en que Pérez Esquivel recibió el Premio Nobel. No. Ciertamente fechas mejores no faltaron. “… pero aún así…”

Pero no se trata meramente de una discusión “histórica” buena para ser dejada atrás. La compulsión repetitiva, precisamente, no deja nada atrás. La perduración de factores inconscientes expresada en esa elección disparatada  no deja de constituirse en advertencia, en señal de peligro. No basta con corear “Nunca más” para que algo no suceda nunca más. Vale aquí lo que bien señalaba Lacan, comentando el terrible y fatal error del príncipe Hamlet al aceptar el duelo con Laertes que le propone su tío, acudiendo entonces “a la hora del Otro”. Y, como ha pasado ya varias veces, cuando alguien pronuncia un fogoso discurso contra la dictadura precisamente en el día en que triunfó esa dictadura, con toda su -a lo mejor brillante- retórica, va “a la hora del Otro”.

 

A modo de pequeña coda…

Ya hay antecedentes del asunto 24 de marzo: el feriado del 10 de junio seguido por el del 2 de abril, ese vergonzoso abominable día en que un pequeño dictador genocida se dispuso a mandar a la muerte a un montón de muchachos que recién empezaban a vivir, y para colmo con muestras de euforia popular que vuelven a arrojarnos a las peores sombras de los deseos inconscientes que no siempre son los mejores deseos que podamos tener. A esto se sumó más tarde la “celebración”  -con discurso nacionalista incluido- de la ocurrencia de Rosas de ponerle cadenas… a un río. (Un poco más sabios, o un poco menos locos, los chinos dicen “No empujes el río. Fluye igual”). Vale decir, tornar en festejo colosales derrotas.

Al respecto puede aleccionarnos una penetrante observación de Ortega y Gasset, cuando hablando del primer poema épico escrito por un hispano, Lucano, señala que es también el primer poema épico -la Farsalia- escrito para celebrar a un vencido, Pompeyo, en este caso, allí derrotado por César. Ortega intuía que había allí algo raro dando vueltas, un núcleo duro de lo que sería el carácter español, en esa idealización del derrotado, del perdedor.

 

(Recomiendo para un enriquecimiento de toda esta problemática la lectura de las anotaciones de Marisa Punta Rodulfo concernientes a lo traumático, accesibles para todos en su último libro, Bocetos psicopatológicos. También no pocas páginas de mis ensayos en torno a la política nacional recogidos en un E-book que puede descargarse gratuitamente en Rodulfos.com. Asimismo los ensayos filosóficos del pensador indio Baba).