por Ricardo Rodulfo

Recurriendo a un término muy solicitado hoy, podríamos decir que la tontería es una discapacidad para la complejidad, un poco como lo indica Nietzsche cuando se refiere a una miopía no oftalmológica sino figural, miopía para percibir y valorizar diferencias sutiles pero precisas. Una discapacidad, claro, que no puede reclamar ningún certificado, acaso porque serían demasiados los candidatos como para desequilibrar un presupuesto gubernamental… Es importante resaltar que el medio social en su funcionamiento medio o promedio no se preocupa por estimular una preocupación por la complejidad sino todo lo contrario. Lo demuestran bien las guerras de consignas políticas, que recurren estereotipadamente a esquemas no revisados de oposición entre derechas e izquierdas e infinidad de otras “binariedades” pueriles y obsoletas que van a depositarse en las cabezas inadvertidas de muchas personas. Y lo mismo para otros rubros: las políticas de género, antes toda una vanguardia, hoy sufren parecida trivialización. Y ni hablar de las ideas psicoanalíticas en su versión mediática. También las relaciones amorosas. Para convertirse en tonto se precisan y basta con el manejo de “conceptos”·extremadamente vulgares y “básicos”, esto es, desprovistos de toda pretensión o ambición de complejidad.

La tontería se cifra en lugares comunes, y -algo importante- no sólo dichos sino sentidos, sentidos como verdaderos por el sujeto que la padece sin padecerla subjetivamente. El tonto debe creer a pie firme en las tonteras y banalidades que informan su discurso y su visión del mundo. No simular creencia, creer en serio; simular ya lo haría un personaje mucho más complejo, mentiroso y por eso mismo, complejo y nada transparente. Debe ser previsible, todos adivinar/anticipar lo que va a decir sobre un tema dado. Ajeno a las desgarraduras neuróticas, donde si hay algo de tontería se contrapesa con aspectos laberínticos y oscuros. Le pertenece lo que Hanna Arendt conceptualizó como banalidad del mal, lo que, por otra parte, en ciertas situaciones lo vuelve peligroso: no solo de sádicos se vale una dictadura cruel; requiere de muchos tontos que nada se pregunten. No son aquellos que Winnicott definió como que debían matar para sentirse reales, o por lo menos torturar: no necesitan sentirse reales, con funcionar en el régimen de la tontería les basta.

Son por eso un gran apoyo civil para regímenes autoritarios -o directamente tiránicos- de todo tipo, incluso aquellos que se apoyan en elecciones “democráticas”. La estupidez pueril de tantas campañas electorales se apoya en y se dirige en particular al porcentaje más tonto e “idiótico” del electorado. Un tonto puede votar por la cartera de lujo de una candidata o porque tal candidato es hincha de Boca como él. Los apabullantes discursos en cadena no le preocupan, no porque los escuche o los entienda sino porque nada le molesta ni le despierta interrogaciones. Se queda en lugares fijos o muda al compás de modas que pasan y se van. De chico va a jugar “como se debe”, con las simbologías más banales de los muñecos que se usan, y, sobre todo, va a reclamar siempre jugar con lo que se usa, no con lo que podría inventar si no fuera el tonto que es. De adolescente no descubrirá ninguna banda de rock poco conocida, se adherirá a las peores y más comerciales pero con ritmos y melodías simplistas de boga. En cuanto a vestirse, no imaginará nada que no esté a la vista en las vidrieras. Y, si es psicoanalista, cosa nada rara, memorizará las citas que hay que saber, aunque no las sepa usar para su trabajo clínico. Tendrá suerte si le abundan pacientes tan tontos como él, algo no tan común sin embargo. Quien sufre un poco, ya no es tan tonto. El tonto no sufre, solo experimenta el vacío y el aburrimiento.