por Ricardo Rodulfo

Acerca de las diferencias existentes entre los procesos de repetición regulares y la compulsión de repetición

 

Hace algún tiempo que he procurado delimitar -trabajando en ciertos matices del texto freudiano y sobre todo pensando en diferencias clínicas decisivas- una diferencia conceptual entre los procesos de repetición regulares en cualquier ámbito que se considere, procesos que dan lugar por ese medio a la constante generación de diferencias, y la compulsión de repetición en esa dimensión demoníaca planteada por el mismo Freud. La introducción del vocablo compulsión implica inevitablemente una dimensión patológica en un sentido u otro, en todo caso, algo muy distinto de un dispositivo creador. Lo pienso como la enfermedad de la repetición, que no produce variaciones sino estereotipos.

Más allá de la clínica este matiz diferenciante no carece según pienso de riqueza y de precisión “diagnóstica” para pensar la cuestión en los más diversos registros. Uno entre ellos podría muy bien ser la política y los comportamientos y procedimientos a que da lugar. Un ejemplo que podría multiplicarse es el que nos enfrenta a prácticas políticas de la más diversa coloración pero juntables en el punto de coincidencia de su carácter poco o nada flexible, como cuando una determinada táctica para llevar adelante un conflicto gira en un eterno círculo invariante a través del tiempo, con independencia del resultado destructivo de su iteración. Es un punto también importante de análisis y para introducirlo en un análisis, porque a menudo las cosas se estancan, valga el caso, en una defensa de la justicia o injusticia de determinada causa o de determinada medida o propuesta, sin tomar en consideración para nada el problema de su carácter compulsivo en cuanto a la manera de no poderse correr de tales o cuales prácticas muy negativas desde el punto de vista de su repetitividad sin modulaciones, sin aprender nada de la experiencia, sin ninguna generación de nuevas formas, etc. En ese caso, algo que puede ser justo desde la perspectiva de una medida de gobierno o de un reclamo social se invalida si lo pensamos con la mirada atenta a esa dimensión compulsiva sin esperanzas de transformación.

Pienso que el psicoanálisis aporta aquí un instrumento de mucha utilidad para la evaluación de conflictos en diversos espacios, tanto familiares como institucionales, políticos, económicos, etc. No es tan difícil identificar la dominancia de la compulsión de repetición cuando se hace un corte longitudinal y se halla uno frente a la comprobación de que, por ejemplo, hace tantos y tantos años que cierto conflicto pretende dirimirse exactamente de la misma manera, por más que el balance de esta invariancia arroje un resultado negativo desde el ángulo de su contribución a la convivencia en los más diversos ámbitos. Entonces, si un grupo dado o una gestión gubernamental procede siempre por el mismo camino, con toda la inercia de una compulsión irresistible, no cabe poner en primer plano que ese grupo o ese gobierno tendría sus buenas razones para hacer lo que de nuevo una vez más hace: urge en esos casos examinar la patología de un funcionamiento o de una intervención patológicamente repetitiva. Pretender encontrar razonable un comportamiento compulsivo de esa clase es francamente irracional y miope.

“Esta película ya la vi”, suele ser la escéptica y desolada conclusión de mucha gente en esos casos. Para colmo, la película en cuestión suele volverse a pasar en una mala copia, a medida que ideales puntos de partida se convierten en intereses más o men