por Ricardo Rodulfo

En términos generales no cabe mayor duda acerca de la formidable potencia democratizadora que actúa en los nuevos procesos informáticos, en todo asimilable a la que en su momento caracterizó a la imprenta y antes que ella a la escritura fonética inventada por los griegos, en principio al alcance de cualquiera. Pero los procesos democratizadores deben ser cuidados, no basta confiar en que se cuiden a sí mismos. Si no se cuidan, lo mejor de su potencial puede echarse a perder. Esto de por sí asigna toda una función o una misión al intelectual.

 

 

En particular, los procesos democratizadores están muy expuestos a la banalización, toda una enfermedad frecuente en ellos. La banalización implica un arrasamiento de las complejidades de la diferencia en procura de una simplificación niveladora al ras. Ejemplificarla es fácil: todas las lecturas de hechos políticos en términos de una dicotomía entre buenos y malos resulta bien demostrativa de aquella simplificación; es bien palmaria. Acaso el general Perón apuntaba a tal banalización y sus grandes peligros cuando dijo aquello tan sagaz de: “A veces se ha visto que un malo se volviera bueno, pero nunca se vio que un tonto se vuelva inteligente”. Lo tonto puede en efecto pensarse como a propósito de una severa limitación para alcanzar y apreciar la complejidad de la vida y de la psique humana, en tanto nada le impide a un malo ser complejo; al contrario. El tonto simplifica.

 

 

En esta dirección me referiré a un par de rasgos del facebook que me vienen llamando la atención, de una manera digamos chocante. Uno de ellos es el par “me gusta/no me gusta” standardizado como juicio valorativo extremadamente sumario y global. La apelación al gusto reemplaza lo que podría ser un juicio apoyado en un pensamiento, en una reflexión, no en una primera impresión de tipo sensorial, como aquella que lleva a un niño a rechazar o a aceptar una comida. De hecho, Freud se apoyó en esa situación para pensar la raíz del juicio de negación, pero eso mismo nos habla de lo infantil de aquel “me gusta”, elevado a un sitial tan privilegiado. Lo que en el niño es infantil y nada más, mantenido años más tarde se torna pueril. Y frívolo. No parece lícito decir un “me gusta” si se habla de que mejor un policía no maltrate presos o un hombre no incendie viva a su mujer, o con un “no me gusta” sancionar que muchos niños pasen hambre y frío. Se diría que son cosas demasiado fuertes como para ser evaluadas con una frase tan básica, tan carente de matices, demasiado binaria además. Existe una pluralidad de casos donde es imposible aplicar tal código binario, y tan elemental. Lo grave es que induce a compartirlo, a propagarlo como si fuera suficiente con eso, como si estuviera bien así. Porque no es tampoco el primer hito de una reflexión matizada y compleja: todo empieza y concluye allí. Se trate de una nadería o de algo verdaderamente importante, lo que habla de un alto índice de banalización. Se dispara una rápida respuesta que no da tiempo a tomarse el tiempo para pensar: y pensar requiere tiempo. Habría entonces que ayudar a la gente a salir de ese tipo de evaluación tan sumaria, habría que ayudar a que tomen conciencia de su insuficiencia, y de que asuman que ellos mismos tienen otros recursos para pensar que no usan, para evitar que la democracia se vuelva un promedio de mediocridad. No es algo fatal: Guattari hablaba de la diferencia entre lo que él llamaba grupo sujeto y lo que distinguía como grupo sometido: en el primero, el estar en grupo enriquece la capacidad de sus miembros, los estimula, en tanto que en el segundo vegetan. Imaginemos lo que puede pasar en una elección presidencial si el criterio rector es un “me gusta”. Sin duda, habría muchos en su momento que habrían dicho que les gustaba Hitler…..

 

 

En el argot porteño se cuenta con una categoría clínica, todo un diagnóstico, para este tipo de mentalidad: se habla entonces de alguien básico, otro nombre para el tonto. Pero no el de la colina, que sabe estar solitario, sino el de Schiller cuando escribía que “

[…] cada uno tomado aisladamente es pasablemente inteligente y razonable: todos juntos no forman sino un solo imbécil […]”.

 

 

El otro rasgo conduce a como se maneja el término “amigo”, nada menos. Aquí la banalización culmina: todos los elementos que componen un vocablo tan complejo desaparecen y solo queda el uso más social y pedestre de la palabra, la más pueril también. Un niño de tres llama amigo a cualquiera que juegue un rato con él o que esté en su misma salita; unos pocos años después este mismo niño ya es mucho más exigente para nombrar u honrar a alguien con esta palabra; ya no basta que viva cerca o que comparta su grado. El uso del facebook desaloja y borra todas estas diferencias para dejar lo más básico y superficial en pie, para colmo en una empresa cuantitativa donde lo que mide el éxito es la cantidad de “amigos” que alguien suma; casi lo opuesto de lo que significa en profundidad este vocablo, tan difícil de pensar, tan alejado de criterios vulgares de normalidad o rédito social. Diríamos que lo sagrado que respira en la palabra amigo se profana, se pisotea, se manosea.
Y después de todo, no es la única posibilidad: se podría imaginar uno un facebook construido sobre otros criterios. Después de todo, lo singular que puede especificar una red social debería ser una configuración que rehuyera a los formatos más convencionales de la sociedad. Es una ocasión de libertad democrática que es una lástima se malogre. Lo peor de la democracia es la mera tiranía del número; lo mejor, su potencial para ser un caldo de cultivo donde crezcan personas que piensen y trabajen para ser libres, para funcionar en el sentido de lo que Winnicott pensó como ambiente facilitador. Este ambiente no forma gente básica, forma gente capaz de singularizarse a su propia manera, por humilde que ésta sea. De nada nos sirve un facebook que trabaje para el conformismo y lo políticamente correcto. Nada necesitamos tanto como la incorrección.

 

 

Insistiría, para concluir, en la pobreza de ese “me gusta”: no llega todavía a ser un pensamiento, una idea, el esbozo de un concepto; no llega tampoco al amor, puesto que si digo que alguien me gusta, apenas estoy en un estadio provisional donde todo está por verse. El me gusta podría servir si se constituyera punto de partida de un discurso reflexionante, nunca como conclusión terminal y terminante. Algo me puede gustar por las peores razones, y puede no gustarme porque no estoy a su altura. Los niños saben de esto en su trabajo de crecer.