Gina, una niña “demasiado mirada”  

por Celeste Abele

 

Trabajo Final destacado del primer cuatrimestre del 2016, producido en el marco del

Seminario Fobias, histerias y obsesiones – Especificidades de las neurosis en la niñez y adolescencia

a cargo de la Prof. Dra. Marisa Punta Rodulfo

Introducción

 

“¿Dónde quedaron las histéricas de antaño, esas mujeres maravillosas, las Anna O., las Emmy von N? Ellas jugaron no solamente cierto rol, un rol social cierto, pero cuando Freud se puso a escucharlas, fueron ellas las que permitieron el nacimiento del psicoanálisis. Es a partir de su escucha que Freud inauguró un

modo enteramente nuevo de relación humana.”

Lacan, 1977

 

Al pensar en las histerias de hoy, seguramente nos resulte insuficiente la conceptualización freudiana enmarcada en la sociedad victoriana a principios de siglo pasado. Los pacientes que recibimos actualmente en la clínica, distan bastante de ser abordados desde las categorías diagnósticas del psicoanálisis tradicional.

La época nos ofrece una captura especular, en donde cobra primacía el aparecer antes que el ser. La mirada constitutiva del encuentro con el otro pierde su valor en desmedro del esfuerzo por seducir y ser objeto de fascinación o de deseo de todos.

En vez de conversiones, hoy nos encontramos con un escenario en el cual la teatralización y la exhibición de la intimidad se ponen en primer plano.

Es necesario entonces considerar de qué manera influyen todas estas mutaciones en la creación de “modos de ser”. De qué manera estas transformaciones contextuales afectan los procesos mediante los cuales se llega a ser lo que se es. No hay duda de que esas fuerzas históricas imprimen su influencia en la conformación de cuerpos y subjetividades.

Ahora bien, cabe preguntarse en éste marco que lugar le damos a la singularidad y al caso por caso que se nos presenta en la clínica.

Partiré de la concepción de un niño como un sujeto que está en vías de constitución. Desde aquí será necesario efectuar un diagnóstico cuidadoso en transferencia, teniendo como principal eje la singularidad y particularidad de ese sujeto y su respuesta al dispositivo analítico.

 

Para este trabajo desarrollaré la problemática de la histeria en la niñez. Para ello, escribiré unas líneas sobre un caso clínico de una niña con la que trabajé durante un año. Si bien el proceso analítico se vio interrumpido a voluntad de los padres, dejó en mí muchas preguntas e inquietudes, una de ellas en lo que atañe al diagnóstico estructural y su diferenciación con algo del orden de un abuso sexual efectivo.

Con los elementos presentados, intentaré entrelazar su historia con el material teórico desarrollado en el Seminario Fobias, histerias y obsesiones: especificidades de las neurosis en la niñez y adolescencia. Asimismo, me han resultado sumamente útiles y pertinentes los casos clínicos trabajados, encontrando convergencias con el material de Victoria y de Candela expuestos en las clases de Histeria.

 

 

Desarrollo

 

Gina tiene cinco años cuando comienzo a verla. Sus padres me consultan, sugeridos por la escuela, porque es una niña muy hiperactiva, inconsistente en todas las actividades que inicia. Dicen que tiene “contestaciones de una persona grande y que su cerebro la domina, le dice que tiene que pegar”.

Padece enuresis y encopresis. En relación a esto, mencionan que la niña prefiere ciertos alimentos, y que sufre de “secado intestinal”.

Además, refieren presencia de dolores punzantes de cabeza y trastornos de sueño.

Se presentan dificultades en la interacción con los pares en el colegio. Habla de que hay nenes malos que la persiguen. Ella no se implica nunca en estas dificultades.

Los padres consultan en un momento en que su pareja se encuentra en crisis conyugal con fuertes discusiones que dejan a la niña como espectadora de éstas escenas.

La mamá tiene gusto por la vida nocturna, tiene un grupo de amigos nuevos, sale a bailar frecuentemente. El papá se queja, exaltando los valores de la vida en familia.

Gina manifiesta sus miedos: que la reten fuerte, los sonidos fuertes, la oscuridad.

En el consultorio eran frecuentes los sobresaltos ante algún sonido proveniente del exterior, su actitud predominante era de hiperalerta y en constante excitación y movimiento.

Propongo realizar una interconsulta con una pediatra para explorar como se encontraba la niña en cuanto a sus funciones vitales. Desde ese espacio también se la deriva a neurología, donde pudieron advertir que las cefaleas no se producían por causalidad orgánica.

Por su parte, el padre siempre mantuvo una actitud defensiva ante la situación ya que, desde su parecer, no había ningún problema con la niña, si no que el problema lo tenía la escuela que no sabía cómo educar a su hija.

Pude pesquisar que Gina, hija única de la pareja, ocupaba un lugar central en la mirada de su papá. La niña era todo para él, abocándose totalmente a ella.

Cabe mencionar que existían otros hijos de matrimonios anteriores de este hombre, de los cuales la niña no tenía conocimiento, debido a la suposición paterna de que anoticiarse de esto la haría sentir mal.

Mientras se quejaba una y otra vez de lo relegado que quedaba por su mujer, quien tenía otros intereses, por fuera de su lugar de madre, éste hombre quedaba des virilizado “No me siento valorado como hombre ni como compañero”. A la vez, la madre, destacaba en él características alusivas a la paternidad, pero no podía verlo como hombre “Es increíble como padre, muy buen marido y trabajador”.

En relación a éste aspecto intenté trabajar con él sobre la posibilidad de que pueda correr un poco más la mirada de la niña, en términos de Rodulfo, que haya un reconocimiento en tanto alter, e ir estableciendo espacios de intimidad en torno al cuerpo, dar lugar a que la mamá pueda intervenir un poco más en los cuidados corporales. De esta manera me propuse intervenir para la delimitación de espacios y funciones.

 

 

Preminencia de la mirada: Amores y Odios

 

Desde el comienzo de la relación terapéutica, Gina llegaba a sesión siempre cargada de objetos, dibujos para ella o para regalarme, me decía que me había extrañado mucho o sus padres referían a que “había pedido por mí”. Hacía un uso del espacio compartido de sala de espera en el que no observaba el registro del pudor.

En las sesiones buscaba mantener contacto corporal mediante abrazos, roces o subirse arriba mío. Aparecían características de hipersexualización, actuaba en transferencia escenas de seducción y dramatizaciones lúdicas en las que se presentaban elementos de triangulaciones edípicas y contenidos e inquietudes sexuales.

En relación a mi registro contratransferencial, predominaba en mí una sensación de pegoteo, de no delimitación de la intimidad de los cuerpos, y ciertas transgresiones en lo ficcional que inaugura el como sí lúdico.

Pero esta relación transferencial de amor fue adquiriendo características y matices más hostiles hacia la figura del analista. Fue así que se produjo el viraje de éste modo más pegajoso a quedar a merced de un otro que la atrapa y la persigue. Escenas en las que se escondía bajo los sillones en sala de espera, corría para no ingresar al consultorio, acompañada de frases como “¡No, Celeste! ¡No quiero entrar con vos, me aburro, quiero otra psicóloga que tenga más juguetes”… “Me cansa tu voz!”.

Se puede pensar, tomando los aportes teóricos de Marisa Punta Rodulfo, que más allá de la modalidad en la que se presenta la transferencia, lo que prima aquí es un modo escénico en el que ella quedaba en posición de objeto bajo la mirada de los otros, como así también una enunciación desafectada, por lo que me resultaba muy difícil poder ubicar cual era su fuente de angustia.

Gina en sesión quería imponer sus propias condiciones, elegir el consultorio en el que trabajaríamos, manejar los tiempos del encuadre y jugar a lo que ella quería. Por lo que fue necesario el trabajo con el reconocimiento de la alteridad; su deseo y el de los otros.

 

 

Sobre sus producciones lúdicas.

 

 

En una sesión, mostrándome un cuaderno de dibujos, observo cierto tratamiento con colores realizado sobre las partes pudendas del cuerpo. Conversamos al respecto de lo trabajado en el jardín sobre “el cuidado de las partes íntimas”. Pudo nombrarlas, pero observé la presencia de ansiedad motriz, en ese momento pide ir al baño. Luego hablamos de los embarazos, de sus teorías acerca del parto. En relación a esto expresó que le daba “asquito”, que no hablemos de eso.

En otro momento de la misma sesión emerge algo de su incontinencia intestinal, antes nunca mencionada y evitada por ella, y expresa “Soy una pedorra”. Intervengo diciendo que ella es “una nena” que “a veces se tira pedos”, y le pregunto si le gustaría poder elegir donde y cuando hacerlo. Noto en este punto que baja su hiperkinesia. Al respecto fui tratando de localizar eso que se le escapa, de ir inscribiendo cierto registro corporal de su malestar mediante palabras a eso que parecía una mera descarga pulsional imparable.

En otra sesión elige para su juego tres “ponys”: Gina, María y Oscar (nombres de sus padres )[1].

La trama es la de una nena que es robada. Los papás la buscan y se angustian. Ella se regocija y disfruta mientras dramatiza ser buscada y no encontrada. Luego dice que es una princesa y quiere un príncipe guapo, escenifica besos a escondidas.

Previo a la lectura del Seminario, este juego junto a otras producciones gráficas y lúdicas y escenas de seducción y masturbación que se producían en transferencia en la sesión, me hicieron pensar si esta niña era o había sido objeto de un abuso sexual, dada la cantidad de elementos sexuales que aparecían en sus manifestaciones. Traté de indagar en este aspecto, con la madre, pero en su relato no aparecía ni siquiera la pregunta sobre esto.

Si bien no pude despejarlo, la lectura del Seminario me permitió realizar ciertas consideraciones sobre el caso. Marisa Punta Rodulfo explica que lo que distingue un abuso de una hipersexualización es la actitud del niño frente la emergencia de lo traumático. En caso de que efectivamente se presente algo del orden del abuso, el juego o el relato se interrumpe y aparece el malestar. En caso contrario, continua el decurso de la actividad sin interrupciones y con un cariz placentero.

En este punto Marisa Punta Rodulfo realiza diferenciaciones entre una erogenización subjetivante de una erogenización excesiva, y ellas de un abuso sexual efectivo. La erogenización subjetivante es constitutiva para un sujeto, lo humaniza, a partir de los primeros cuidados que el amor de la madre ejerce sobre el cuerpo del niño, constituyéndolo como un ser sexuado.

Pero en la medida en que la prohibición del incesto es estructurante del cuerpo erógeno, surge la cuestión del corte. Si hay un exceso de erotización, nos encontramos con algo del orden de la violencia secundaria, dando lugar a formaciones psicopatológicas como las que se desarrollan en este tema. Por último, estas dos conceptualizaciones se diferencian del Abuso Sexual:

“…el cual implica una conducta consciente de intrusión en el cuerpo del otro/a, un avasallamiento de las fronteras del cuerpo y del psiquismo del niño/a, quien es sometido/a a ejecutar una acción sexual, no solo sin el consentimiento de éste último, si no por tratarse de menores, se agrega allí la imposibilidad de comprender lo que acaece, trayendo esto consecuencias cuya magnitud es imposible de dimensionar hasta no haber transcurrido mucho tiempo…”. [2]

 

Tomando éstos aportes, puedo relacionar la escena de Gina con el sueño de Victoria, en el que “roban la camioneta de la familia y a ella la quieren secuestrar”. Victoria puede asociar que la sensación de proximidad de los cuerpos remitía a escenas de la vida real en las que ella terminaba durmiendo en la cama con los padres.

En consonancia, tomo a colación las teorizaciones de Jéssica Benjamín sobre la relación de un padre con su hija mujer y los avatares de la misma.

En el momento preedípico el deseo de la niña, no es ser deseada desde un lugar de sexualización heterosexual, si no que se trata de un deseo de reconocimiento, en su papel de niña. La niña se encuentra en proceso de constitución narcisista y está luchando por subjetivarse, en un proceso que tiende a la diferenciación de la madre, a su alteridad.

A partir del caso presentado se puede pensar que hay un obstáculo en este proceso de subjetivación: el padre de Gina presenta dificultades para reconocerla en tanto alter, produciendo un exceso en el proceso de sexualización, de corte incestuoso, con un efecto perturbador en la niña. Siendo necesario un trabajo analítico de corte y de metabolización de este exceso pulsional.


Conclusión

Para finalizar, concluiré que el trabajo con niños y niñas en la clínica psicoanalítica significa internarse en un mundo de pasiones, temores y desconciertos, donde muchas veces priman más las preguntas que las respuestas, como sucedió en mí con este caso presentado.

No obstante, es fundamental en pos de un posicionamiento ético para con la niñez, la permanente formación académica para llevar a cabo prácticas profesionales respetuosas y a la altura del padecer de nuestros pacientes. Desde ese lugar, enmarco la realización del Seminario, muy rico en aportes teóricos y prácticos.

Hemos visto durante el decurso teórico del Seminario que la problemática del sujeto con su deseo se presentifica en cada una de las especificidades de las neurosis en la niñez y adolescencia, produciendo clivajes psicopatológicos en muchos casos. En tal sentido, se puede pensar la problemática de la histeria en tanto dificultad del sujeto en posicionarse y ser reconocido como sujeto deseante.

Habrá que abrirse a la escucha de cada sujeto en su singularidad y acompañarlo en el trabajo subjetivo del propio desear, aventurándonos a la novedad de invención de ese sujeto único y particular.

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La Lic. Celeste Abele se recibió de Psicóloga en la Universidad Nacional del Comahue en el año 2012. Durante el año 2015 cursó estudios de Posgrado en el Instituto clínico de Buenos Aires en la Escuela de Orientación Lacaniana. En la actualidad se desempeña como psicóloga clínica en consultorio particular y forma parte de un equipo interdisciplinario dependiente del Municipio de la ciudad de Cipolletti, que trabaja con la infancia. Desde allí se dedica a la atención clínica de niños y realiza talleres con padres sobre primera infancia.

Bibliografía

  • Marisa Punta Rodulfo: Fobias, Histerias y Obsesiones. Especificidades de las neurosis en la niñez y adolescencia. Clases 1-10. (2016)
  • Web: Sibila Paula. (2008) La intimidad como espectáculo, Bs As. Fondo de cultura económica.

[1] Todos los nombres originales, así como detalles que puedan identificar el material fueron modificados a los efectos de esta presentación.

[2] Marisa Rodulfo, Clase VII.  Las formaciones de la histeria en tiempos de la primacía de la imagen