por Ricardo Rodulfo

La decepcionante mediocridad de la actual campaña electoral, la ausencia con o sin aviso de ideas, de alguna profundidad en los debates, la orfandad de propuestas, reemplazada por significantes vacíos pero como siempre imperativos, como “victoria” o “cambio”, es desoladoramente fácil de percibir. Para algunos queda el consuelo de recitar, no muy melodiosamente que, por suerte, estaríamos en democracia: “estamos en democracia”. Loable intención del que así nos lo recuerda, pero me parece que se le olvida algo, que no alcanza con eso.

 

En sí misma, abandonada a sí misma, abandonada a su suerte, la democracia puede con suma facilidad derivar, por ejemplo, en un gobierno electo: autoritario, populista o conservador, o las dos cosas a la vez. Puede derivar a un régimen abundante en procedimientos demagógicos destinados a la fabricación de nuevos opios para el pueblo, tipo el fútbol, valga el caso. O derivar lisa y llanamente en mediocridad rasante. Después de todo, si leyéramos solo lo que lee la mayoría, si comiéramos solo lo que le gusta comer a la mayoría, si nos vistiéramos solo como gusta de vestirse la mayoría, nuestra existencia se alejaría bastante de todo cuanto se menta en el motivo calidad de vida.

 

Lo que transforma y vertebra por dentro la democracia, dándole otra cualidad, es el principio republicano, la invención de Montesquieu. Fácil de decir, difícil de hacer. Tres poderes, hoy diríamos en desequilibrio activo, sin centro en ninguno de ellos, controlándose entre sí. Y un cuarto, la libertad de prensa, otra invención occidental, indispensable para un funcionamiento republicano de verdad. Y democrático de verdad.

 

Es obvio cómo la tendencia de una democracia sin república, o con una vitalidad republicana débil, entre nosotros, es a derivar en una democracia centrada en un poder ejecutivo hegemónico, monopolizador todo lo que puede o que le dejan del poder del Estado, y siempre dispuesto a manejar el Estado como si éste coincidiera con un gobierno de turno. Así las cosas, no es extraño que la campaña electoral se ciña a personalismos desmesurados y a frases hechas que apuestan simplemente a generar creencia sin reflexión alguna.

 

Parece que nos hemos olvidado de que las dictaduras y los regímenes autoritarios en general no solo atacan los principios democráticos más elementales sino sobre todo los republicanos. Ni justicia autónoma respecto del poder ejecutivo ni libertad de prensa. O, si no se llega a tanto, muy mala relación con la libertad de prensa, con muchos intentos de manipularla y una intervención abierta o solapada en el campo de lo jurídico. En el límite, está empíricamente demostrado que una democracia no es para nada incompatible con un estilo autoritario, en tanto la república sí que lo es. Bolívar lo tenía bien claro, cuando en fechas tan remotas como 1828 se refería al naciente problema sudamericano de tener tantos presidentes que querían ser reyes… Todo un tema también para nuestro porvenir, la aspiración a fundar dinastías encubiertas, con apellidos que retornen al primer plano cada tanto.