por Teresa Punta

Elio 

Quiero hablar del no tocar… o del tocar. A los chicos, a los adultos. Tocarnos sin sospechas de perversión, pensaba.

Hablando con un profe de teatro de un colegio secundario preuniversitario me contó algo que me conmovió… y me movió del lugar en el que estaba dando vueltas y vueltas en torno a este pensamiento.

Antes quiero hacer una digresión.

Tuve un profe. Se llamaba Virgilio Zampini. Lo extraño aun… y no. Porque nos tocó. Nos tocó con su presencia y con su amor.

Era muy gracioso “el viejo Zampini” y nos decía “¿La mamadera prepara para el churrasco? ¡¡¡No, chicas, no!!! La mamadera tiene un valor en sí misma… igual que la escuela primaria. No “preparen” para el secundario, ámenlos ahora, que disfruten ahora, que se rían a carcajadas ahora… después vemos…”.

De eso me acordé cuando este profe me dijo “…y eso que es un colegio preuniversitario…”. Como si eso por sí sólo garantizara que ahí sucede de verdad la cosa del aprendizaje…

“Elio -le dije – ¿vos creés que la mamadera prepara para el churrasco?” y me reía sola… era un chiste interno conmigo misma… que después le conté. Para reírnos juntos… o llorar… o tocarlo, ya que él con lo que contó, me había tocado a mí (y al viejo Zampini).

Elio me contó que llegó a ese cole con sus rastas y su morral y todos lo miraron de reojo. Tomó las horas de teatro y pasó a formar parte de los docentes del departamento de arte.

No pasó casi tiempo hasta que empezó a ver algunas situaciones en las que los chicos levantando los brazos se ponían “en guardia” y le decían a algún adulto de la escuela que intentaba saludarlos o pasarles la mano por la espalda como “acompañando” el movimiento hacia el aula “¡¡¡NO ME PODÉS TOCAR!!! ¡¡¡NO ME PODÉS TOCAR!!!”.

Preguntó y “supo” que específicamente era una norma de la escuela. No tocar a los chicos.

Paralelamente a eso, al departamento de arte, “le había tocado” el acto del 17 de septiembre, día del profesor, y había que esmerarse especialmente porque “parecía” que iba a ir el decano…

– ¡¡¡Uf!!! – pensó Elio.

– Armate algo lindo – le había dicho la dire de la escuela.

En su taller de teatro, quiso hablar con los chicos de por qué no se dejaban tocar… por qué si esa era una norma ridícula de los adultos, ellos la esgrimían como “protección”… ¿de qué nos protege el no tocarnos?

Silencio…

En la clase siguiente, les propone un ejercicio. Pone una música, enciende un aroma, baja la luz. Crea un clima. Los chicos se dejan. Ya están todos “tocados”.

Les ofrece elementos. Plumas, cintas, palitos…

Pónganse de a dos. De a pares. Enfrentados. Uno cierra los ojos y el otro lo toca con los elementos que les ofrecí o con los dedos si quieren. Con amor, sin que el otro se sienta mal, con respeto.

El clima engorda… se hace emoción…

Ahora al revés.

Otra vez suceden… primero risas contenidas, nervios, límites… después, entrega.

Se sientan y charlan. Elio les propone a los chicos, hacer algo parecido en el acto del día del profesor. Los pibes se ríen y empiezan las frases del tipo “Yo al de química no lo toco ni en pedo”, “No Elio… hay gente a la que ningún alumno va a querer tocar…”.

Pensemos… conversémoslo… estamos pensando por qué “no tocarnos” es una “política de cuidado” y no lo es “tocarnos”…

Después de algunos argumentos, los chicos van accediendo… cada uno elige a qué profesor va a tocar… algunos profes quedan “vacantes”, Elio insiste. Hay que invitar a chicos de otros cursos por si vienen más profes. Completan un total de 50 pibes dispuestos a tocar literal y amorosamente a sus profes.

En el medio de los ensayos pasaron mil cosas bellas y profundas que quizás vaya desplegando en próximas escrituras. Hoy quiero llegar al final… y quizás cuando cuente el final, cada uno de quienes leen, imaginen las cosas bellas y profundas que pasaron en el medio…

Voy al final.

Llega el día del acto. Había 50 sillas en medio del salón. Vestidas las sillas.

– Estaba todo muy lindo – me narra Elio – los chicos habían re preparado el clima, como yo había hecho con ellos en clase.

Había uno que iba a poner la música que habían elegido, habían prendido inciensos y habían aflojado algunas lamparitas para que la luz del “aula magna” sea tenue.

Los profes fueron llegando y ellos los fueron acompañando a sus sillas. Estaban dispuestas en ronda mirando para afuera.

Cuando pensaron que podían dar inicio al acto, dejaron que un silencio se instale primero… prendieron la musiquita… unos segundos más… y empezaron a entrar los chicos. Caminaban despacio… casi parecían pasos de baile.

Cuando cada uno estuvo frente a “su” profesor (incluido el decano que efectivamente ¡justo! ese día había decidido acompañarlos), cada pibe muuuuuuuy lentamente, tomó la cara del profesor entre sus manos y los miró directamente a los ojos…

Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.

Lentamente se vuelven a separar y “rotan”, van cada uno al profe de al lado. Se inclinan y lo abrazan. Muy lentamente, y fuerte.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.

Algunos profes lagrimean y –cuenta Elio- que algunos hasta lloran con “estertores”…

Los pibes se separan y rotan. Pellizcan con suavidad los cachetes de sus profesores y apoyan la palma de su mano sobre su cara.

Dice Elio que la mayoría de los pibes notó que “su” profe, inclinaba la cabeza hacia su mano tibia y que cuando él les preguntó a ellos que sintieron muchos dijeron “pena” y otros ternura, alegría, ganas de seguir…

Rotaron otra vez. Cada pibe agarró las manos de su profe y las puso sobre su propia cara. Otra vez “les tocaba” mirarlos a los ojos quedamente…

Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos.

Después, de a poco, fueron dándoles las manos a los profes que habían quedado de espaldas al escenario, acomodaron sus sillas, siempre con su profe de la mano, los invitaron a sentarse otra vez.

No estaba muy ordenada el aula magna, dice Elio… las sillas no quedaron en fila, los chicos se fueron sentando en el piso con las piernas cruzadas y se supone que había que empezar con la parte formal del acto.

Imposible. No había espacio para himnos ni discursos restrictivos en torno al contacto.

Estábamos todos “tocados”…

Y cada vez que escribo “tocado” me acuerdo del juego de la batalla naval… y entonces, también me acuerdo de “hundido”.

No se pudo seguir con la parte formal del acto, porque en esa escuela “preuniversitaria”, la idea de no tocar a los pibes, estaba hundida.

 

Roque

Hay otra escuela.

Para llegar a ella hay que ir 1,40 hs. en lancha y caminar casi una hora más.

Los chicos y el director –maestro, cocinero, portero-, nos esperan. El más pequeño de los chicos se quedó con nosotros mientras miramos una película. Cierra los ojos porque el director cree que hay imágenes que no son adecuadas para él… los más grandes están jugando con nuestras computadoras. No hay otro espacio para que el niño esté, ni otro adulto que lo acompañe y lo cuide.

Roque cierra los ojos y dice “Yo quiero ver”. “Todavía no, todavía no, todavía no…” le dice el director y le hace cosquillas. Todos nos reímos y al final nadie ve las imágenes “inconvenientes” de la película.

Todos vemos al nene. Se quedó dormido en la upa del director.

Nada de no tocarlo.

Nada de sospechas de perversión.

¿De qué se tratan las indicaciones de no tocar a los pibes? No me conforman las explicaciones que argumentan las diferencias perceptivas entre “los de la ciudad” y “los del campo”… y las que aducen que es más difícil entre cientos de millones de gentes, y las que hablan del temor a la industria del juicio.

Creo que la “prevención” funciona a fuerza de las propias referencias vitales. Y la escritura también. La escritura de novelas y cuentos, la de normas y reglamentos y la escritura de indicaciones de “no tocar a los niños”.

La escritura siempre es autobiográfica, creo. En todos sus modos. Y también lo que intuimos, lo que prevemos, lo que sospechamos…

El poema le sucede a alguien” dice Robert Langbaum.

Se me arma pensadera. Me parece que en la práctica de escribir y leer emergen siempre una intimidad y un pacto de complicidad con nuestra propia historia. Es en este sentido que pienso que la escritura es siempre autobiográfica. Y también la lectura o la escucha.

Acto de escritura y acto de vida casi como una sola cosa. Escritura (siempre íntima) ofrecida -en disposición- a unos otros –no ya ajenos- para armar una trama compartida. De amor… o de temor.

¿Así es como el poema de uno, traza signos en la página de la vida de otro?  ¿Como señas de una identidad común?

Un territorio intermedio creado por el texto o la palabra y la vida.

Si alguien escribe que no toquemos a los pibes, no lo leamos.

Roque se duerme a upa del director de la escuela, y todo está bien.

 

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Teresa Punta: Profesora de Enseñanza Primaria ISED N° 808 de la ciudad de Trelew, Provincia del Chubut, Técnica Superior en Gestión de Instituciones Educativas de la Universidad Nacional de la Patagonia “San Juan Bosco”, Diploma Superior y Especialista en Gestión Educativa (FLACSO), Docente, Directora de escuela y Supervisora en la provincia de Chubut. Se desempeñó como miembro de los equipos técnicos del Ministerio de Educación de la provincia de Chubut entre 2012 y 2013 a cargo de Desarrollo Profesional Docente. Actualmente es tutora del Posgrado en Gestión Educativa FLACSO. Escritora de libros y ensayos en variados medios especializados. Es tejedora y coordina conversatorios de tejido, lectura y pensamiento entre mujeres con perspectiva de género.