por Ricardo Rodulfo

 

Esta nota se inspira en impresiones clínicas, vivencias, experiencias, también reflexiones, de pacientes de diversa edad, aunque tirando a jóvenes en promedio. A la manera de un pequeño inventario de cuestiones más o menos problemáticas ligadas al amor.

 

El amor, diríamos, no parece atravesar su mejor momento, una de esas culminaciones, como cuando el amor cortés cantado por los trovadores, o inventado por ellos, como en los albores del Romanticismo, como en la década de los 60 del pasado siglo. Varios factores concurren. Para asignar un primero, no encuentra oposición que lo haga erigirse y consistir, tal cual ocurría cuando debía luchar una naciente inclinación amorosa contra una maraña de intereses familiares. Es difícil hoy en día constituirse como Romeo y Julieta. Los adultos los empujan a meterse en casa de las familias y hacer todo lo suyo allí, sin verdadera privacidad, sin secreto, sin clandestinidad. En segundo lugar, carece en nuestro tiempo de una especie de objeto o bien difícil de alcanzar, de algo que obligue a diferir la satisfacción, incrementando así la estatura de lo erótico, tal cual sucedía cuando la mujer era un poco inalcanzable o alcanzable cumpliendo ciertas condiciones, llevando a cabo ciertos trabajos, como en esos cuentos populares donde tres hermanos compiten para hacer sonreír a una princesa desolada o simplemente caprichosa. Por otra parte, nuevo factor, la felicidad, el motivo de la felicidad, está en decadencia (podría medir esto la desaparición de aquellas películas donde, tras no pocas peripecias, se arribaba a The end con un largo beso de la pareja protagónica). Socialmente, en todo caso, se ha desplazado hacia el consumir, hacia comprar toneladas de cosas, como si allí residiera la fantasía de felicidad del más que ciudadano consumidor contemporáneo. Ciertamente hay muchas parejas que conviven, y el objetivo de convivir juntos se mantiene, pero dejando un vacío en el espacio donde debía alojarse la figura de la felicidad. En cuarto término, cierta dimensión trascendental del amor capaz de ocupar el lugar de un ideal se encuentra más bien vacante, como la trascendencia en general en un mundo cada vez más empírico. Y no habría que olvidar que el ideal promueve esfuerzos, trabajos, no renunciar a la primera de cambio; asistimos hoy a múltiples historias donde dos personas se separan antes del primer verdadero esfuerzo que tendrían que hacer para atravesar una zona crítica, una prueba de verdad. Evoca esto algo de aquella idea de una cultura Light, donde sobra gente con dificultades de atención, que no pueden concentrarse en sostener nada. Irónicamente en este punto se realiza una puesta en acto colectiva de uno de los peores conceptos psicoanalíticos relativos al amor, el que lo hace funcionar enclave de sustitución: cualquiera puede suceder y sustituir a cualquiera, algo que rebaja y degrada profundamente la dimensión singular por excelencia de la vida amorosa, dure lo que dure. En los códigos del capitalismo bien cierto es que nadie es insustituible (a la hora del trabajo), pero esto no rige en los territorios del amor. En estos, nadie es sustituible, nadie puede ser el sustituto de otra persona. Y no solo en el amor de pareja propiamente dicho del que estamos hablando, tampoco en lo que hace al hijo o al amigo.

 

Por último, añadiría que en nuestros días viene quedando mucho más a la vista, desocultada, una pulsión de dominio que supo disfrazarse con bastante habilidad de amor. Posesión, control, soberanía, dominación, que se quieren hacer pasar por él. Adulteraciones de identidad. “Amar” sería entonces mandar al otro o a la otra, imponer la voluntad propia, se limite al plano de las conductas o vaya aún más a fondo, hasta las raíces mismas del deseo de la pareja. Un hombre de treinta y cinco años, separado temporariamente pero tratando todavía de rehacer el vínculo, dice su descubrimiento: “Lo que a ella le molesta verdaderamente es mi libertad”, por más inofensivos sean los actos en que esa libertad se manifieste. En los papeles ella sería una celotípica –sin que el paciente haya aportado algún material para ello- pero yendo bien a fondo él descubre que en esa celotipia aparentemente centrada en lo sexual hay algo mucho más terrible y radical: el enojo y el resentimiento activo de su mujer por toda conducta de él que haga notar su autonomía. Ir al gimnasio algunas tardes por ejemplo, o comprar espontáneamente un regalo para un amigo enfermo, o salir a la noche a darse una vuelta mirando las estrellas.

 

Así como tenemos hoy una sensibilidad naciente mayor para ciertas violencias calladas, como la familiar o el abuso, creo estamos casi demasiado sensibilizados y percibimos con un radar nuevo que detecta tales políticas de poder detrás de los ropajes amorosos. Es, después de todo, una época esta en la que asciende a la superficie un deseo de diferencia largo tiempo sumergido o semi-sumergido, reforzado además por tendencias muy occidentales al individualismo aislado y encerrado en sí, muy poco tolerante entonces, con tales pulsiones de dominio y de control, de la vida del otro. Todo lo cual prepara, acaso, una época aún por venir donde nos liberemos de aquel “amor” para abrir el camino al amor.