Fallece Horacio Etchegoyen. Presidente de la APDEBA, galardonado con el Premio Konex, estudioso de las interioridades del psicoanálisis, de actitud conservadora pero abierta, nada reaccionaria, nos deja una magnífica herencia fruto de su amor al trabajo y de la ética de su proceder.

 

Una larga existencia -desacostumbradamente larga en este caso- y además largamente activa en un campo particular -el del psicoanálisis en este caso- suele provocarnos una sensación que no es la del dolor violento que nos acarrea una muerte que juzgamos prematura (como fue la de un Bleger), más bien una modificación profunda de nuestro escenario cotidiano: nos habíamos habituado a contar con la permanencia indefinida del personaje ahora fallecido, formaba parte de la continuidad de nuestra vida, lo sabíamos allí, aún cuando muchas veces no tuviéramos contacto personal o regular con él. Cuando el personaje ya se ha retirado de la vida pública, se procesa una muerte lenta y graduada, que empieza por lapsos amplios en los que no lo recordamos explícitamente. Pero cuando nos enteramos de su muerte efectiva, un pedazo de nuestro contexto cotidiano sufre una extracción que nos produce cierto efecto de vacío. Evocaríamos al respecto las muertes de Borges, de Cortázar, de Piazzola. Con frecuencia, el personaje no está plenamente presente en nuestro medio cotidiano; se trata más bien de un modo de estar en no-presencia, algo totalmente distinto de la ausencia generada por la muerte.

 

La de Horacio Etchegoyen se encuadra en esta descripción. Para justificarla, hay razones más profundas, que no sólo pasan por hechos que jalonan una gran trayectoria profesional, como ejercer la presidencia de la APDEBA u obtener el Premio de la Fundación Konex hace veinte años. Una disciplina, para devenir consistente, necesita se cumplan en su interior diversas funciones insustituibles, una de las cuales es contar con referentes conservadores de jerarquía; conservadores: no reaccionarios o retrógrados, demasiadas ocasiones se asimila equivocadamente una posición a la otra; una actitud conservadora seria y consistente hace a la constitución de una tradición, sin la cual una disciplina carecería de vitalidad y de historia; quienes sostienen tal posición son guardianes fieles de un saber consolidado, pero que requiere de vigilancia permanente para no desvirtuarse ni volverse objeto de manipulaciones, sin ética intelectual. Contra lo que piensa -si a eso puede llamársele pensar- un cierto discurso petardista que pasa por “progresista”, una disciplina no puede consistir solo en su vanguardia, así como se estancaría sin ella. Necesita de un equilibrio inestable entre estas dos posiciones extremas, que a su vez conocen toda una gama de matices transicionales. Una  disciplina requiere, pues, de alguien que defienda los colores de la estabilidad, sin la cual, más que perderse, su identidad ni siquiera llega a asentarse en tanto tal. Horacio Etchegoyen en general tenía la mirada clavada hacia dentro del Psicoanálisis, mucho más que dirigida hacia su afuera; esto significa un meticuloso conocimiento de por lo menos algunos decisivos sistemas teóricos de la disciplina que tanto amaba y a la cual tanto se consagró. Básicamente, sostuvo una identidad entre clínica y técnica -diferencia capital con Lacan y con Winnicott– y defendió la tesis de que con la clásica freudo-kleiniana alcanzaba para trabajar: en una de las páginas de su obra más importante (Fundamentos de la Clínica psicoanalítica) desarrolla pasajes decisivos de un paciente muy lejos del standard neurótico que la disciplina plasmó tempranamente, y se jacta de haber llevado el análisis a buen puerto sin recurrir para nada a las intervenciones de Winnicott  basadas en su idea de holding. Es un párrafo que lo pinta de cuerpo entero, para quien se le sume o para quien difiera fuertemente de él. Pero lo cierto es que muestra su trabajo y lo da a discutir, no se apoya en afirmaciones dogmáticas que habría que creerle.

 

Digamos que la base de la actitud conservadora es el amor al objeto que se preserva o se desea preservar, mientras que la de una posición reaccionaria es la hostilidad o el odio hacia una posición antagónica de la cual no se quiere aceptar nada. Si esto apunta, dando un paso más, a la supresión de los opositores, de un modo más rotundo u otro, llegamos a una posición fascista propiamente dicha. Por algún motivo nada constructivo mucha gente sinonimiza descabelladamente estas tres actitudes subjetivas. La nobleza de una posición conservadora como la de Etchegoyen vuelve este procedimiento totalmente injusto. Era siempre generoso con las generaciones jóvenes, justificaba incluso que -dada la onerosidad y el largo esfuerzo que supone un tratamiento psicoanalítico- muchos pacientes o consultantes demandaran una psicoterapia que diese algunos resultados prácticos asequibles con menos sacrificios, usando del psicoanálisis entre otras cosas para prevenirse de proposiciones superficiales chantas, pero sin menguar en su cuidado del marco específico que la práctica analítica había construido, lo cual le incitaba a protegerlo de los huracanes políticos e ideológicos que atravesaron el siglo pasado. Forma parte de tales cuidados no haber nunca seguido el camino de tantos grupos disidentes que se desmarcaron de la APA.

 

Estos rasgos se redefinirían también como los de una persona cuyo obrar tiende a coincidir con lo que dice y con lo que piensa, en la medida en que tal sincronía es posible en un ser humano, por lo tanto, un ser “con”  inconsciente. Una anécdota menor pone esto de relieve: al dejar la presidencia de la IPA -el primer analista argentino en detentarla- devolvió a la institución el millaje que le había sobrado, en lugar de embolsárselo: toda una lección para el “modo de ser” argentino en el campo político-institucional.

 

Entre otras lecciones, el éxito que coronó largamente su derrotero profesional vale como testimonio de que regularse por un ideal antes que por un oportunismo socio-sintónico no es, como suele creerse, tan mal negocio. Es lo menos que podría decirse.

 

Lo más es, quizás, que su proceder es introyectable, y algo bueno para introyectar. Sin maniqueísmos -lo que le dejó margen para un encuentro top con Miller, en aras de cierto realismo político- Etchegoyen siempre distinguió entre lo que le parecía el buen camino y lo que rechazaba como desviaciones éticas. Sin especulaciones, pero con convicciones, un ejemplo valioso entonces en tiempos donde las conveniencias suelen desguazar las convicciones. (El realismo político estribaba en reconocer que el psicoanálisis no atravesaba sus mejores épocas en lo que a rating se refiere, por lo que no era oportuno exasperar diferencias hasta secesiones a ultranza).

 

En suma, la figura de Horacio Etchegoyen bien la equipararíamos a la de la formación musical en un Conservatorio tradicional: uno rezongará contra cierta rigidez en las categorías que una tal institución maneja, escribirá con el tiempo en un estilo que aquella rechazaría y no comprendería en absoluto, a la vez que agradecerá en lo recóndito la base consistente de una formación que hace oposición a esos apresuramientos que confunden petardismo facilista con una expresión transgresiva de genuina vanguardia.