por Ricardo Rodulfo

Una estrepitosa figura política de nuestro medio hace poco se refería a quienes se plantean inquietudes y preguntas sobre el futuro -en este caso, el del país- en un tono no exento de amonestación, diciéndoles que el futuro ya está aquí entre nosotros: habría llegado y lo estaríamos viviendo ahora mismo, ya. Just now.

 

Lo curioso de esta reflexión es, en primer lugar, su flexionar el tiempo futuro sobre la superficie del presente, neutralizando de un golpe una nota esencial a todo futuro, cual es la de no estar aquí aún. Una extraña presentificación del futuro que lo anula como tal. Y -punto no menor- lo domina de esta manera. Se apropia de él.

 

El discurso político en general no goza de la filosofía, ni con ella. Por eso mismo, esta enunciación tan categórica no parece conocer la diferenciación introducida por Derrida entre futuro y porvenir, que en su pensamiento no son sinónimos, lo que da lugar a una apertura de no pocas consecuencias. En efecto, Derrida sitúa el futuro en una relación de relativa continuidad con el presente: nos proyectaríamos con cierta facilidad, o ingenuidad, en la ilusión de esa continuidad previsible. El porvenir menta lo incalculable, la irrupción del acontecimiento que rompe cualquier previsión fácil: allí se juega lo más histórico de la historicidad, desarticulando saberes proféticos, anticipaciones cómodas. Lo importante además es cómo esta dimensión de porvenir -que excede todo fatalismo- retroactúa sobre el presente, siempre y cuando no se la reprima y aplaste, dejándolo más abierto, menos seguro, tanto para lo más positivo que queramos considerar como para lo más negativo. El asunto hace a esa diferencia crucial entre, por ejemplo, esas personas que viven su vida como cosa ya cerrada, formateada en lo esencial -cosa que apareja no poco aburrimiento o resignación- y aquellas que sienten su existencia, si bien no libre de formatos, de una manera mucho más abierta al acontecer en tanto tal, a la sorpresa, al giro no pre-pensado ni pre-proyectado.

 

El psicoanálisis trabaja en esta dirección (o debería hacerlo), preservando o por lo menos intentando preservar esa delicada dimensión de porvenir que podría ser dañada por una concepción de futuro demasiado atada a las condiciones actuales de la existencia. Y no pocas veces tropezamos, incluso con pacientes adolescentes, con visiones demasiado congeladas de lo que les espera, aunque a veces eso revista formas aparentemente benignas. La tarea en estos casos es algo así como des-reprimir el porvenir, desglosándolo del más previsible futuro. Como decir que el futuro sería un porvenir al que se le ha restado la intervención azarosa del acontecimiento.

 

Por otra parte, parece claro que todo esto remite a la posibilidad misma de la libertad, de su preciosa defensa y promoción. Por eso mismo desconfiamos de cualquier mesianismo que pretenda apropiarse de nuestro porvenir, por luminosa que suene su propaganda.